20 abril 2017

Magut, el faro que quería dormir por las noches. (continuación)




V
Llegaron al final del túnel y ascendieron hasta la superficie. Asomaron la cabeza y lo delfines lanzaron chorros de agua. No muy lejos se veía una isla, se dirigieron hacia allí. Nadaron con medio cuerpo fuera del agua hasta cerca de la orilla. Los delfines se despidieron de Magut
―Ahora debes continuar tú solo ―le dijeron los delfines.
Ya no le importaba nada. Se había reído tanto que todo le parecía maravilloso. Entró en aquella isla donde las hojas de los árboles tenían forma de aleta de pez. De las ramas salían lianas de cristal que llegaban hasta el suelo, por donde se deslizaban pulpos que soltaban tinta de color amarilla. Las sirenas estaban en los árboles y se peinaban con raspas de pescado.
―Hola Magut.
― ¡Fabián! ―corrió hacia él, pero se paró en seco antes de llegar. Su amigo no tenía piernas ¡tenía una cola de pez!
― ¿Me voy a convertir en una sirena, es eso? Dí ¿Es eso, voy a vivir aquí, contigo?
―No, no te asustes. Sí, soy un tritón, mitad hombre mitad pez ―le explicó― y soy feliz, más feliz que cuando estaba en tierra. ―Magut frunció el ceño y puso los brazos en jarras―no me malinterpretes, me he acordado mucho de ti, pero llegó mi turno y elegí. Igual que tú lo has hecho ahora.
―Si no me importa. Has sido mi único amigo cuando vivías... quiero decir cuando estabas conmigo arriba.
Fabián soltó una carcajada
―Es ahora cuando vivo ― siguió riendo.
―Entonces ¿qué pasa conmigo eh? Dime, porque aquí todo se sabe y por algún motivo los delfines me han traído.
―Pues claro. Han querido darte una sorpresa y un premio a la vez. Has sido muy valiente. Has vencido el miedo y te has atrevido a cumplir tus sueños.
Magut se tranquilizó. Sonrió a su amigo y miró alrededor suyo. Le gustaba todo lo que veía, incluso que su amigo tuviera cola de pez.
En el promontorio vivió muchos días. Se olvidó de contarlos y nadie le dijo cuántos. Por las mañanas se iba a los acantilados para ver a los pulpos con sus saltitos de caballos. Al atardecer nadaba y jugaba con los delfines. El resto del día lo pasaba con Fabián. Hablaron de los naufragios frente a sus costas, del transatlántico que estuvo parado durante dos días, de los temporales de la noche, del olor a pescado, de las flores que habían muerto desde que el farero dejó de cuidarlas. Tuvo el tiempo suficiente para aliviar su soledad. No quería volver. Estaba tan a gusto...
―Tú no puedes quedarte a vivir aquí, tienes que volver. ―Le dijo la Sirena
― ¿Para qué? Si no le intereso a nadie. Quiero quedarme.
―Escucha lo que voy a decirte, aunque ahora no lo comprendas. Un faro no solo es un instrumento de navegación, también es una obra de arte y ellos todavía no lo han descubierto. No tardarán mucho, te lo aseguro.
― ¿Yo una obra de arte? ¡Ja! ―se echó a reír
―Sí, no te rías, una obra de arte. El lugar donde os construyeron es privilegiado porque las fuerzas del mar y de la tierra se juntan y crean una energía única que hace ver, sentir y oler todo lo que alcanza la vista y más allá. Entonces lo real se vuelve irreal y lo imaginario, real.
― O sea, que si veo un barco en el horizonte puede ser verdad o no.
―Exacto.
― ¿Y el barco dónde tú estabas era real?
―No.
―Pero yo lo vi.
―Sí, tú lo viste y sigue en el mismo lugar, pero nadie lo ve, como tampoco nadie se ha dado cuenta de que te has ido.
― ¿Qué?
―Ellos, simplemente, creen verte. Cuando descubran tu valor organizarán excursiones para pasar horas en la contemplación del faro abandonado y del paisaje porque el mar los atrae, ¿sabes? los deja sin pensamientos. Asi no sufren.
― ¿De verdad?
―Sí, sí. ―continuó― Los escritores, en cambio, desarrollarán la imaginación, los pintores te retratarán en sus cuadros. Tú les dictarás versos a los poetas. Otros llegarán con sus cámaras y te retratarán desde cualquier punto o simplemente irán a pasar las noches para tener experiencias únicas. Nunca estarás solo.
― ¿Lo dices en serio?
― Que sí. Será eso y más. Escucha. Dormirás todas las noches que quieras, podrás viajar sin que nadie se dé cuenta. Ellos seguirán viendo lo que quieren ver.

Le acompañaron hasta la entrada de túnel. Se despidió de la sirena y de Fiaban. Recorrió el túnel sin pensar en nada. Disfrutaba con la sensación de que era impulsado por la corriente. Sin darse cuenta llegó al final y otra fuerza le empujó hacia arriba y se encontró en la superficie.
Allí le estaban esperando los delfines erguidos, medio cuerpo fuera del agua y con sus aletas le aplaudieron.
― ¡Bravo! Has sido muy valiente ―dijo el delfín de la media luna en la frente― te acompañaremos hasta el acantilado.
Dio un silbido y todos se pusieron en marcha. Magut nadaba rodeado de ellos. Estaba contento, había sido una sorpresa. A veces, se metían dentro del agua y después a saltos, salían a la superficie. Sus sonidos parecían risas.
Casi de era de noche cuando llegaron al acantilado. El camino se le hizo muy corto y sentía tener que separarse.
El delfín de la marca en la frente le dijo que su vida iba a ser diferente porque había cumplido sus sueños y ya no se aburriría, ni estaría solo.
―Nos veremos a menudo,  ya sabes que este es nuestro camino.
Subió a lo alto del acantilado por las escaleras de piedra. Después caminó hacia el lugar donde siempre había estado. Los delfines aún no se habían ido. Cuando Magut se asomó, estos se irguieron, después de un salto se metieron en el mar para volver a salir a la superficie lanzando chorros de agua desde sus cabezas.
Magut les dijo adiós. Poco después se hizo de noche cerrada y Magut se quedó dormido.

 A la mañana siguiente se despertó. Lucía el sol, la brisa era suave y cálida e iba acompañada de un aroma familiar. Le recordaba al pescado que Fabian hacía.
El olor venía de un hornillo que un muchacho había encendido para freír dos doradas pequeñas. Junto a él había otro chico que pintaba un lienzo sobre un soporte de madera. Daba pinceladas y  de tanto en tanto le miraba a él.
Se quedó quieto, muy quieto. Le gustaba sentirse protagonista, tal vez importante. No le importó estar inmóvil. Ya se movería en otros momentos. Sabía que lo podía hacer.
Pasaron unas horas y llegó una chica. Iba sola. Se sentó al borde del acantilado y se quitó la mochila que llevaba a la espalda. La dejo junto a ella. Parecía una estatua, solo se movían sus cabellos al capricho de la brisa. Así estuvo unos instantes, después sacó de la mochila una libreta y un bolígrafo y comenzó a escribir.
A primeras horas de la tarde, llegaron tres señoras, cada una con una cámara. Estuvieron haciendo fotografías hasta la caída del sol. Después se fueron.
La luz se veía amarilla en el horizonte y roja sobre las aguas. Cuando se quedó solo vio que los delfines iban hacia él dando brincos y formaban arcos de colores y sus sonidos parecían risas. Se irguieron y permanecieron así unos instantes hasta que el de la marca en la frente dio un silbido y todos se metieron en el agua para salir después a la superficie en dirección al horizonte.
Fue entonces cuando los vio.
Tras los delfines estaban Fabián y la Sirena. Se volvieron hacia él, alzaron sus manos para decirle adiós, aunque Magut supo que no era para siempre. La sirena le hizo un guiño y una sonrisa se dibujó en la cara Fabián.
Magut, el faro que había cumplido su sueño, se quedó dormido.
 ― FIN ―
M.J.Guallart 
Registro propiedad intelectual Z-314-14 
 

27 marzo 2017

Magut, el faro que quería dormir por las noches, (primera parte)




I
Magut era un faro abandonado. Vivía solo, se aburría. Lo que más deseaba era poder entrar en el mar durante el día y dormir por las noches. Desde lo alto de un acantilado, se mostraba majestuoso y sus franjas naranjas y blancas se veían desde el horizonte.
Durante más de cien años había guiado a los barcos en sus lagos viajes hasta que un anochecer la bombilla dejó de encenderse porque un satélite, entre las estrellas, hacía su trabajo. El recordaba con tristeza el día que Fabián, el farero, se marchó por los escalones de piedra que descendían hacia la playa. Nunca más lo volvió a ver.
Estaba tan solo que lo único que le distraía era ver pasar  delante de él a los delfines entre risas y juego, ver los bancos de atunes que corrían como si hicieran la maratón y a los pulpos que parecía que montaban a caballo.
Magut creía que si pudiera entrar en el mar podría jugar con ellos y viajar. Pero él era un faro y no se podía mover.
Nunca había visto una sirena, como las que aparecían en los cuentos que Fabián leía. Decían los libros que eran unos seres muy bellos, mitad mujer y mitad pez, que hipnotizaban a los hombres con sus cantos y se los llevaban  al océano. 
Un día de tormenta, cayó un rayo sobre una goleta. Los mástiles se rompieron. El barco quedó a la deriva y los tripulantes se lanzaron al agua para llegar a nado a la costa. Pero el mar se los tragó y los restos de la nave chocaron contra el acantilado. ¡Cuánto le hubiera gustado ir en su ayuda!  Pero no podía moverse. Él era un faro y los faros no andan.
Aquel día lloró por primera vez. Pensó que no servía para nada. Estaba cansado de estar solo. Quería una vida diferente. Se preguntaba qué se sentiría al nadar junto a otros animales; viajar al lado de los barcos que surcaban la línea del horizonte y sobre todo saber qué se sentiría si pudiera dormir por las noches, como los hombres, como el farero, porque Magut nunca lo había hecho.
El era un faro y los faros no duermen.
II
Lloró y sus lágrimas cayeron sobre el acantilado y el sonido se expandió como si fueran piedras que chocaban contra las rocas.
― ¡Eh, qué pasa ahí arriba, me has mojado! ―le sorprendió una voz que venía de abajo.
― ¿Quién eres?
― ¿No lo ves? Una sirena. ¿Acaso mi cola de pez no te lo dice?
―No, no, vete. ―dijo Magut entre hipos.
―Deja de llorar y mírame bien para que te lo creas.
― ¿Eres una sirena de verdad? ―no pudo continuar y empezó a llorar muy fuerte― vete por favor, vete. Sólo traéis desgracias.
― ¿Quieres hacer el favor dejar de llorar? Vas a hundir lo poco que queda del barco ahí abajo. Que sepas ― continuó la sirena― que ese barco ha sido mi escondite.
Magut paró en seco al oír que él iba a hundir el barco.
― ¿Qué barco?
―La goleta que está encallada aquí abajo, pero no me has contestado. ¿Por qué dices que traemos desgracias? ― repitió la sirena.
―Es lo que siempre dijo el farero.
― ¡Los hombres y sus tonterías! El vive mejor que antes y es feliz.
― ¿Por qué?
―Eso te lo tendría que decir él.
―Entonces, ¿qué haces aquí? Ya nadie viene. ―respondió bajando la voz.
―Justo la pregunta que debías hacerme, pero no ahora. Estaba previsto que tú y yo habláramos dentro unos días, en la próxima luna llena, cuando subieran las mareas. Entonces me habría despertado. Pero tus lágrimas han hecho que el barco se moviera y me despertara.
― ¿Despertada? ¿Moverse el barco?
―Sí, estaba dormida para entrar en tus pensamientos.
La sirena se peinó la melena con una raspa de pescado y Magut volvió a llorar. Era la imagen que se describía en los cuentos. Para él significaba la antesala de la desgracia.
―Estás peor de lo que imaginaba. Tranquilízate. Poco a poco te explicaré porqué estoy aquí. Comprendo que te resulte raro. Has pasado mucho tiempo en manos de los hombres y has oído sus historias pero no somos malas. Cuando nos llevamos a los humanos es porque ellos lo necesitan y no es un castigo ¡qué va! es para aliviar sus sufrimientos. Fabián estaba muy triste, ¿recuerdas que nunca iba al pueblo?
―Sí, es verdad, siempre estaba conmigo. Solo bajaba a bañarse y a pescar por las mañanas, el resto del tiempo lo pasaba aquí.
―No tenía familia. Había abandonado su casa para vivir en este lugar. Pero el día que las autoridades decidieron prescindir de sus servicios y de los tuyos, se puso muy triste. No tenía a dónde ir.
― ¿Tan triste estaba?
―Sí, pero la fuerza de su desesperación nos trajo sus pensamientos. Por eso nos lo llevamos, para que viviera con nosotras.
― ¡Entonces tú has venido por mí! ―volvió a llorar.
―No imaginaba que fueras tan llorica. Por favor cálmate que no va a pasar nada.
― ¿Por qué has venido, eh, dime, por qué? Antes has dicho que...
― ¡Ya sé lo que he dicho! ―le interrumpió― He venido por tí, sí, pero para ayudarte.
― ¿Ayudarme? Dirás más bien para llevarme. ―Magut hablaba entrecortado, pero con rabia― Yo no quiero irme de aquí, este es mi sitio, siempre he estado en lo alto del acantilado y no quiero estar muerto dentro del mar.
―Eso ya lo sé. Lo que tú quieres es...―esta vez fue el faro quien interrumpió a la sirena.
―Lo que yo quiero es seguir aquí y poder entrar en el mar, no vivir en él. Y no puedo. Quiero bañarme, jugar con los delfines, con los pulpos, viajar con los barcos, dormir por las noches, pero siempre volver aquí, éste es mi sitio.
―Exacto, eso es lo que quieres y lo que harás.
― ¡Que haré qué! ―exclamó.
―Dentro de tres días habrá la luna llena. Entonces podrás cumplir tus sueños. Espera ese momento. Todo irá bien―. Dicho esto la sirena dio un salto y desapareción en el mar.
Se sentía confuso, aunque ya no tenía ganas de llorar. Estaba menos triste, pero sí inquieto.
—Sólo tres días. —pensaba— ¿Qué iba a pasar entonces? Había dicho que podría cumplir sus sueños y se preguntaba cómo podría ser.
Pasaron tres días. En la noche del tercero, apareció por el horizonte una luna enorme  Subía completa, luminosa. Le pareció que tenía rostro, que le sonreía. Se la quedó mirando.
Y ya no recordó nada más. La noche entró en lo más profundo. Magut se durmió.

A la mañana siguiente se despertó.
― ¡Qué raro! El sol está en lo alto y no lo he visto subir ―pensó― ni he oído las olas contra las rocas, ni he visto las luces de los barcos...
― ¡He dormido! Por eso no recuerdo nada de la noche, porque he dormido.
 Iba a gritar de alegría cuando notó una sensación nueva en su cabeza. Era como un cosquilleo. Se rascó.
― ¡Tengo manos y brazos! ― gritó.
Magut no sabía lo que era tener cosquillas, ni hormigueos, no sabía lo que era rascarse y lo había hecho. Se miró. Y hasta eso era nuevo, el poder mirarse, poder bajar la cabeza y verse los pies. Tenía piernas y pies y podía moverse. El hormigueo se debía al roce de la arena, porque las piernas le habían salido a la altura de la puerta de entrada a su interior y los vaivenes procedían de las piernas al sacudirse la arena. El picor en la cabeza se debía a la sal pegada por la brisa del mar.
Había caminado sin darse cuenta. Lo hizo con pasos inseguros. Aquello también era nuevo. Poco a poco se acomodó a la nueva situación. Recorrió el borde del promontorio de un extremo otro y pudo ver el barco encallado a sus pies y se acordó de la sirena y de lo que le había dicho: “podrás cumplir tus sueños”.
Quiso lanzarse desde el sitio donde había estado siempre, pero temió acabar roto como el barco. Bajó a saltos de roca en roca. Parecía como si la naturaleza las hubiera puesto a modo de escalera. Una vez abajo, se metió en el agua hasta su mitad, se inclinó hacia adelante, estiró los brazos y los movió como había visto hacer a los hombres. Dio unas cuantas brazadas y le gustó.
Como era la primera vez, dio media vuelta para salir y subir a tierra. Se quedó tomando el sol. Le gustaba la sensación de estar mojado y que el calor del sol evaporara cada gota de su nueva piel. Sí, también era nueva porque era flexible y no se resquebrajaba. Tenía los ojos cerrados y su sonrisa formaba una media luna en su boca. Había sentido el agua fría y no le había importado. Más frío había sentido todas aquellas noches de intenso temporal, cuando las olas rompían con fuerza en las rocas y la espuma subía para mojarle sin piedad y desprender a cachitos su piel y no estaba el sol para secarle como en ese momento. Disfrutaba, se sentía feliz porque había cumplido parte de sus sueños, primero dormir por la noche, después entrar en el mar. Solo le quedaba adentrarse en el océano y viajar.
Un pensamiento enturbió aquel instante y le hizo pensar en voz alta.
―Si cumplo mis sueños como dijo la sirena, ella se me llevará como le pasó al farero.
Sintió miedo. Quería ver todo lo que había visto desde lo alto del acantilado, ir más allá de la línea del horizonte, entrar en las profundidades del océano. Ir al lugar de paso de los delfines, jugar con ellos.
Aunque la sirena se había ido, algo en su interior le decía que podía aparecer en cualquier momento. Deseaba que le aclarase todas sus dudas.
―Adelante no tengas miedo.
Era la voz de la Sirena venía del mar. Se asomó al abismo. Solo vio el agua chocando contra las rocas.
En el promontorio, el día era soleado, el tiempo parecía detenido. Dirigió sus pasos hacia el camino de piedra. Pensó que aunque tuviera que pagar el precio de vivir secuestrado para siempre, merecía la pena.
            Entró en el Océano y nadó hacia la línea del horizonte. A veces se paraba para ver cuánto había recorrido. Cada vez la costa estaba lejos y el horizonte parecía alejarse a la misma velocidad. Pero él siguió hacia adelante, hasta que percibió que el sonido del mar era diferente. Eran los delfines que iban en la misma dirección que él. Estaban contentos, se reían o eso creyó él.
            Por encima de sus cabezas salían unos chorros de agua que se mezclaban con la espuma que ellos mismo provocaban.
― ¡Eh amigo! al final te has decidido ¿eh?―, dijo un delfín que tenía una marca en forma de media luna en la frente.
― ¿Cómo sabes eso?
Le daba vergüenza que supieran sus intimidades, aunque también tenía curiosidad por saber cómo se habían enterado.
―Aquí se sabe todo. Las noticias nadan a una velocidad increíble. No veas qué contentas están las sirenas, me han dicho que aprendes muy rápido.
― ¿Te han contado eso también? ¡Qué vergüenza!
―No te preocupes. Vente con nosotros.
― ¿A dónde?
― No preguntes y síguenos. ¿No es lo que querías?
El delfín de la media luna en la frente se irguió, dejó medio cuerpo fuera del agua, dio un silbido y los demás hicieron lo mismo. Después dio dos silbidos y todos a la vez se sumergieron. Magut hizo lo mismo.
Bucearon siempre hacia abajo, entre algas, corales rojos y blancos que mordían pequeños peces brillantes. Aquello le gustaba porque en tierra las plantas no bailaban sino que se movían por la fuerza del viento.
Uno detrás de otro entraron en un túnel. No se veía nada. El delfín de la marca en la frente iba el primero. Magut les siguió con los brazos pegados al cuerpo. Se impulsaba con el movimiento de sus piernas. No tenía necesidad de respirar y no se cansaba. Le dio tanta alegría que empezó a reírse. Soltaba carcajadas cada vez más fuertes y no le entraba agua por la boca y esto le hacía reír aún más.
(Continuará) 
M.J.Guallart 
Registro propiedad intelectual Z-314-14