14 febrero 2017

EL TRAJE DE NOVIA





Entre mausoleos de piedra enmohecida, desfilaba el cortejo fúnebre para dar sepultura a Mariza da Soussa. Tras el féretro, Julián Merino, su viudo. El surco del entrecejo delataba la tensión a la que estaba sometido. En el horizonte, un ángel custodio de bronce, en actitud de plegaria, coronaba el panteón familiar de los Merino. Desde el peristilo llegaban las voces de un coro que interpretaba el Aleluya de Haendel.
Avanzaban con parsimonia y la música enmascaraba algún que otro llanto, pero Julián solo pensaba en la forma de recuperar sus brillantes. 
¿Quién había decidido amortajar a Mariza con el traje de novia? 
Los de la funeraria habían pedido ese traje, ése y no otro, como mortaja.  Tenía que evitar que su mujer se llevara a la  tumba más de un millón de euros. Metió la mano en el bolsillo del gabán para asegurarse que la llave del ataúd seguía allí. La apretó con fuerza.
— ¿Por qué el vestido de novia?  —se preguntaba Julián mientras por su mente afloraban recuerdos como el del día que cosió una bolsita de fieltro granate bajo la cola del traje de novia, en su unión con la el corpiño, o como el día que conoció Mariza. Fue en uno de los viajes a Portugal para comprar esmeraldas de Brasil. Se casaron tres meses después. De profesión pedrero, sabía moverse en el mundo de las piedras preciosas, las cuales vendía a las joyerías de forma legal, pero en sitios concretos le pagaban a buen precio las de contrabando.
Mientras, la comitiva seguía su recorrido hacia el panteón, las nubes cubrieron el cielo. El color oscuro que tomaron los cipreses hizo que Julián saliera de sus recuerdos. Se sintió amenazado por la luz metálica que cubría el ambiente. Ya no tenía elección. Quedaba poco para llegar. Recordó que no le habían dejado ni un solo momento a solas con ella
— ¿Por qué nadie le consultó?
Nunca le oyó decir a su mujer que el día que muriera fuera enterrara con aquel vestido. La desgraciada tampoco tuvo tiempo. Un ictus fulminante se la había llevado dos noches antes.
Julián daba pasos de autómata.
Recordó el tiempo que había estado con el representante de los seguros El Renacer para preparar el entierro. Fue entonces cuando los empleados de la funeraria llegaron. Hicieron su trabajo y le entregaron la llave del ataúd ya cerrado. Enseguida la casa se llenó de familiares y amigos.
 En el cementerio, la música se había perdido en la lejanía cuando el cortejo llegó al panteón. La puerta de hierro estaba abierta; se podía ver la escalera que bajaba a la cripta donde ya estaba abierta la urna donde sería depositado el féretro.
Dejaron el ataúd sobre un pedestal delante de la puerta para que Julián recibiera el  duelo de los asistentes. Uno a uno les dio las gracias. Les pidió que no se quedaran. Necesitaba despedirse de ella por última vez. Sabía lo que tenía que hacer: en el momento que estuviera abajo abriría la caja, movería a Mariza hacia un lado y levantaría el vestido para coger la bolsa que contenía los brillantes. No le importaba volver a ver aquella sonrisa que le había dejado la muerte.
Cuando todos se fueron, ordenó a los enterradores que barajaran el féretro. Una vez depositada la caja en la urna, pidió que le dejaran solo unos momentos antes de deslizar la losa.
—Deseo estar a solas por última vez con su mujer.
Los enterradores miraron el reloj con impaciencia pero accedieron a salir el tiempo que dura fumar un cigarrillo.
Entonces, Julián sacó la llave del bolsillo y abrió la caja. Con las dos manos empujó la tapa hacia arriba. No podía creer lo que estaba viendo. Dio un paso atrás y la tapa cayó de golpe. 
¡El ataúd estaba vacío! 
Quería salir de allí. Los pies no le obedecían, le faltaba la respiración.  Todo le daba vueltas. Se apoyó en la pared para subir el primer escalón, pero un fuerte dolor en el costado izquierdo le dobló el cuerpo. Intentó levantar la cabeza, gritar, pedir auxilio. En el instante que abrió la boca se desplomó.
Minutos después los enterradores lo encontraron en el suelo, echado sobre el costado izquierdo. La cabeza apoyada sobre el primer escalón; los ojos y la boca abiertos.  El cuerpo encogido y el brazo derecho extendido con el dedo índice señalando el ataúd. Avisaron a emergencias. No vieron la llave puesta en la cerradura del arca. Desplazaron la losa hasta quedar encajada. La urna quedó sellada.

MJ Guallart
Este relato forma parte de la antología de la Escuela de Escritores de Zaragoza “El Hilo de Ariadna”,. Noviembre 2011.

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