03 noviembre 2016

EL ARBOL DE KAFKA Y EL LABERINTO



 El árbol de Kafka
           
            El perro del cuadro sobre el sofá le dijo que parecía cansada.
            ―Lo de siempre, que no doy el perfil— respondió ella desde la puerta del salón.
            ―Si me hicieras caso, todo cambiaría.
            ―No empecemos, Kafka. Lo hemos hablado muchas veces, sabes que no soy capaz. 
            ― ¿Ni siquiera para ver si está en flor?
            ― Tu almendro. Se me olvidaba que es tu árbol. En qué hora se me ocurriría enterrarte allí. Sabes que no tengo seguridad al volante y la carretera siempre está cargada de tráfico.
            ― ¿Por qué te engañas? Sabes que mi tiempo depende de lo que tú hagas—.
La chica se sentó en un sillón enfrente al cuadro. Se tapó la cara con las manos.
            ― ¿Qué voy a hacer yo si tú desapareces?
La voz de la chica sonó como un pensamiento que huye entre las palabras  para expandirse más allá de la casa, de la calle, incluso de la ciudad. Pero la pregunta quedó en el aire.
 *** 
Laberinto
Desde el centro del jardín, la estatua sedente del Gran Guerrero vigila el laberinto. Dicen que bajo su sillón de piedra hay escondido un collar, en forma de aro, confeccionado con un metal más valioso que el oro, pero que no es del planeta. Dicen que quien entra en el laberinto con la intención de hacerse con el collar llega a la salida sin pasar por el centro. En cambio, quien entra con el simple propósito de recorrer los caminos entre setos de casi dos metros de altura, llegan al centro donde pueden contemplar la estatua. Dicen que ya no vuelven a salir y que por las noches, desde el laberinto, ascienden unas ruedas que giran a gran velocidad y sus luces cambian de color. Dicen que son naves que van al planeta Tierra.
***

MJ Guallart
1/11/16
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