27 octubre 2016

EL CAMINO DE LA MIEL



            El perro estaba inquieto. Enseñaba los colmillos sin causa aparente, como si la casona de piedra donde vivía la abuela le diera miedo. El muchacho dijo que lo iba a sacar.

            —No vayas por el camino de La Miel —le recordó ella. Su prohibición quedaba muy lejos para él, puesto que estaba en segundo de carrera con casi veinte años y un trabajo los fines de semana.
            — ¡Vamos Leroy!
            Sus pasos se dirigieron hacia las afueras del pueblo, en dirección al camino que nacía al otro lado de la carretera y que llevaba a unos montes bajos que borraban el horizonte. Un tajo en el centro, denominado La Boca, daba paso al camino de La Miel.
            —Qué imaginación mi abuela —pensó— la de cosas que se inventaba para estar ella tranquila. Decía que no debíamos adentrarnos por el camino de La Miel, que había un monstruo que acechaba entre los árboles, que tenía ejércitos de animales venenosos que mordían a los niños y los mataba, para después comérselos—. Tan absorto estaba en sus pensamientos que no se dio cuenta que el perro se había parado delante de La Boca. Sentado sobre sus patas traseras le esperaba.
            — ¡Qué tontería! ¡Vamos, Leroy! —Hizo un gesto con la cabeza como si retirara de su pensamiento las advertencias de la abuela.
            El camino de La Miel cruzaba una gran extensión de campos de almendros, quebrados por otros caminos más estrechos. La luz de mediados de mayo se filtraba y acentuaba el silencio del paraje que vibraba en forma de mensajes difuminados entre los árboles. No tuvo tiempo de preguntarse dónde estaba el monstruo ni los animales venenosos.
            — ¡Leroy, vuelve!— El perro iba al galope hacia un hombre corpulento que desde el borde del camino amenazaba con salir de un momento a otro hacia ellos. Aquél debía ser el monstruo pero no era la clase de monstruo que él se había imaginado.  Iba vestido de campo, como un labrador cualquiera, pero su tamaño era enorme. Un pie junto a un árbol, otro en el camino; un brazo hacia atrás el otro hacia adelante, a punto de iniciar un ataque. El perro se lanzó al cuello. Lo derribó. 
            — ¡Leroy, déjalo, lo vas a matar! — El animal zarandeaba al hombre sin que éste opusiera resistencia.
            Se acercó al perro para sujetarlo del collar pero éste no se dejó. Entonces vio que del cuello del hombre salía paja y que de paja era su cuerpo. El perro soltó al muñeco cuando algo llamó su atención desde el fondo del camino. Primero fue un zumbido, después una nube negra que se dirigía hacia ellos.
            Corrieron en dirección a La Boca, pero se los tragó la nube. Poco después, el enjambre regresó a algún lugar desconocido. En medio del camino quedaron sus cuerpos  sin vida.

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23 octubre 2016

EL OCTAVO DIA


        Me acuerdo del primer verano que fuimos de vacaciones a la playa y del chico que nunca más volví a ver.  Me acuerdo de su cuerpo menudo dentro de su ropa de trabajo: camisa blanca de manga corta y pantaló gris. Me acuerdo de su figura firme en la puerta del hotel de enfrente de nuestra casita, la que mis padres habían alquilado con jardín.  Me acuerdo de sus ojos oscuros que brillaban aún más en la noche cuando nos mirábamos. Yo no podía dejar de mirarle. El no dejaba de mirarme. Siempre en el mismo sitio, en la misma puerta bajo un arco de medio punto, a la espera de clientes para llevarles el equipaje a la habitación. Allí lo veía desde el atardecer hasta la noche, lo veía cada mañana cuando yo iba a comprar el pan y la leche de aquellas de botella de cristal. Allí estaba él, de pie,  como si no se hubiera movido desde la noche anterior. Lo veía después de comer a través de la mosquitera de la ventana del cuarto de estar. Así fue durante los primeros siete primeros días de mis vacaciones en la playa.
       El octavo día, como todos los anteriores, a las doce, mis padres, mis hermanos y yo fuimos a la playa. Entramos en la arena seca con un “averquienllegaantes”, llegamos a la arena mojada donde plantamos una enorme sombrilla de rallas rojas y blancas, bajo la cual tiramos las bolsa de baño y nos etimos en el agua a la carrera.
       —Niña en cuanto te seques, ve al estanco a comprar la prensa y la revista de tu madre—, me dijo mi padre una vez que salimos del agua. Me dio el dinero y me fui descalza, a saltos, para no quemarme los pies. Por la acera del paseo caminé de puntillas hasta el estanco y al entrar allí estaba él.
       — ¿Qué haces aquí, no tendrías que estar en la puerta del hotel?- le recriminó un tipejo oscuro que compraba puros.
       —Es que me han encargado que compre las revistas.
       —Anda vuelve enseguida que tu jefe te está buscando.
       Por primera vez oí su voz quebrada por la testosterona. Fueron nueve palabras. Nueve palabras que durante mucho tiempo después repetí en mi memoria una y otra vez.
       El salió de la tienda casi de su salto para evitar un coscorrón de aquel tipo, pero se quedó en la calle a un lado de la puerta. Cuando yo salí él echó a correr y desapareció entre veraneantes cetrinos y turistas de piel de cangrejo.
       La mañana del noveno día salí a comprar el pan y la leche de botella de cristal. El no estaba en la puerta del hotel, ni estuvo cuando volvimos de la playa para comer, ni al atardecer. Ni aquel día ni ningún otro. El décimo día se me cayó la leche y se rompió la botella. Yo lloraba dentro del mar, cuando me acosta y en cualquier lugar donde nadie me viera.
       Nunca supe su nombre. No tenía cara de llamarse Luis, ni Borja, Rafael o Eduardo, más bien podría haberse llamado Javi o Toñín. Tal vez mi imaginación de once años fue la que me dijo que su padre se lo llevó.
       Regresamos a casa el décimo quinto día. Volvimos los dos veranos siguientes. Yo tenía la esperanza de que el chico hubiera vuelto a trabajar, pero no fue así. No volví a aquel lugar hasta muchos años después. Parte de la arena se la había comido el paseo marítimo. En el lugar donde una vez hubo un hotel de puerta de arco de medio punto y una casita con jardín, se mostraban como gigantes al sol dos torres de apartamentos.
María José Guallart
10 de octubre de 2016
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19 octubre 2016

MURO


Implícitos interrogantes.
A veces,
se alcanza la respuesta.”
(Coque Guallart)
De la exposición de acuarelas “Pinceletras”.2015. Zaragoza.-
                                       

 
MURO
Ángel Ibáñez (24-02-15)
47,8x29,4 cms
Acuarela sobre papel de 250 grs.
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09 octubre 2016

CONJUGACION

  “No se si quiero.
Tu quieres, él quiere,
nosotros no queremos.
Vosotros queréis
Ellos también quieren”
                                                  (María José Guallart)



De la Exposición Pinceletras 1 al 30 de junio de 2015 
 Ángel Ibáñez  (22-02-15)
              47,8x29,2 cms 
      Acuarela sobre 
papel de 250 grs