03 mayo 2016

Más allá de Valentina (5 de 5)

Me senté en el borde la cama dispuesta a escucharla.
— A él no lo volví a ver más pero sí que llegó a saber que había tenido una hija. Se enteró por Herminia, mi hermana que cuando tuvo edad suficiente la enviaron a la casa de Sebastián para trabajar.
— ¡Una hermana tuya!
—Te puedes imaginar — continuó como si yo no hubiera dicho nada— qué cara pusieron cuando apareció mi hermana. Las sirvientas que coincidieron conmigo le contaron que el día que yo me fui de la casa dejé una nota en la que decía que me iba al pueblo, pero que no se lo creyeron. Le dijeron que estaba con Alicia, el ama de llaves anterior a la actual.
— ¿Cómo sabían que estabas con ella si dejaste escrito que te ibas al pueblo? —hizo una señal con las manos en la que indicaba que esperara, que todo a su de esperara que todo a su debido tiempo.
— Espera —respondió— todo a su debido tiempo. Como decía, las sirvientas le dijeron a mi hermana que Alicia me había querido como a una hija—. Hizo una pausa para tomar aire—. Un día apareció Herminia en la floristería. Nunca olvidaré aquel momento, casi me da un infarto del susto, de alegría, de miedo, de todo.
En este punto ella se quedó en silencio, silencio que respeté.
—Tras superar el impacto del primer momento —continuó— lloramos abrazadas para después mirarnos cogidas de las manos, entre risas nerviosas interrumpidas por las lágrimas que sorbíamos para no soltarnos la una de la otra. Las preguntas nos golpeaban pero no éramos capaces de formularlas. Permanecimos en aquel estado durante unos minutos. Había pasado mucho tiempo desde de la última vez que nos vimos, cuando salí del pueblo para ir a trabajar a Madrid. Entonces era una niña, el tiempo había sido benévolo con ella y sus facciones se conservaban intactas. Su pelo rizado, sus mejillas abultadas, sus dientes montados que definían su sonrisa eran los mismos. Pobre Herminia. No vivió mucho tiempo pero sí el necesario para para encontrarme. El tiempo necesario para tranquilizar a mi madre que por las noches gritaba llamándome. Me habló de mi padre, de su muerte natural y que fue el motivo por el que ella tuvo que abandonar el pueblo para ir a trabajar a Madrid. Me habló de los otros hermanos que como en una diáspora estaban todos fuera del hogar. Los mayores en Suiza. De tanto en tanto, recibían noticias que decían que les iba muy bien, pero a España no habían regresado ni en verano. Otra hermana, mayor que nosotras dos, acabó en Holanda con unos señores de Lugo con los que trabajaba. De ella tan apenas sabía nada, ni escribía, ni iba al pueblo, aunque enviaba recados suyos a través sus señores cuando regresaban para dar vuelta por la casa familiar. Mi madre murió tranquila el invierno siguiente al verano que yo regresé al pueblo. Te puedes imaginar aquel viaje.
—Lo siento Valentina, siento que te haya hecho revivir todos esos momentos.
Me remordía la conciencia por la cantidad de emociones que le había arrancado con mi salida de reconciliarse con el pasado. El pasado no le dolía, pero rememorar determinados pasajes sí aunque hablaba de ellos con serenidad.
—No te preocupes, como ves estoy reconciliada con mis fantasmas. Hace tiempo que ya no me queda nadie. De mis hermanos tan apenas sé nada, hemos perdido el contacto. Queda mi hermana la pequeña con la que nos felicitamos las navidades. Ella se quedó en el pueblo donde se casó con el hijo del dueño de la tienda de ultramarinos en la que trabajaba. Entre criar a sus dos hijos, la tienda, un par de parcelas de tierra cultivada y el marido, ha estado siempre atada. Con sus hijos no tengo ningún trato, de hecho no los he visto nunca.
— ¿Y Sebastián?
— Para mi sorpresa, las otras sirvientas de la casa de Sebastián, (aunque entonces a mí no me me preguntaron nada) se habían dado cuenta de que estaba embarazada. Por eso no se creyeron el contenido de la nota que dejé cuando me fui. Debió ser al poco de nacer mi niña, cuando Alicia les hizo saber a las sirvientas que yo estaba con ella y que había tenida una niña. Nunca me preguntó quién era el padre aunque se lo imaginó, a fin de cuentas, entonces, era habitual que la sirvienta se quedara embarazada del señorito. Les hizo prometer que guardarían el secreto, a menos que un día alguien de la familia preguntara por mí. — guardó silencio unos segundos— Y ahora es cuando viene Sebastián.
En este punto hizo una pausa, sacó un pañuelo de la manga para limpiarse la nariz. Después de guardar de meter el pañuelo en la misma manga de la que había salido, tomó aire para continuar.
—.Mi hermana tardó en decirle que tenía una hija. Él no movió ni un músculo de su cara, ni un parpadeo. Se mantuvo en silencio como si necesitara pensar lo que iba a decir. Después le espetó que si iba a extorsionarle o a pedir dinero. Mi hermana le contestó que no se preocupara que no se trataba de ninguna de las dos cosas, que yo no era de esa clase de personas, que tenía la vida resuelta y que la niña no le daría ningún problema, pues había fallecido. Ni siquiera preguntó de qué había muerto. Con aquella reacción demostró que no quedaba nada del Sebastián que yo había conocido.
Valentina guardó silencio. Se estiró la falda para taparse las piernas por debajo de las rodillas. Después me miró a los ojos como si me dijera que el pasado ya era pasado y las cosas estaban bien como estaban, cada una en su sitio.
Han pasado días desde que me contó la parte de historia de su vida que yo sospechaba que se callaba. Cada día tenemos nuestros ratos de conversación en los que aprovecha para encargarme revistas del corazón o tabletas de chocolate, le encanta el chocolate que come a pequeñas dosis para que le dure más. Un día me pidió que le acompañara a comprar un DVD para ver películas porque “me canso de esos programas de cotilleos”.
Hace tiempo que no se aísla, que no lleva el libro-escudo. Se relaciona con otros residentes e incluso participa en alguna de las tertulias de la tarde. Los días que tengo fiesta comemos fuera de la residencia. Unas veces en casa de Irene mi cuñada, otras veces en la mía. Los domingos que tengo fiesta vamos a un restaurante.
Poco a poco he ido viendo cómo ha ido tomando fuerzas para dar el paso que hoy está a punto dar. El que necesita, el que le falta para liberarse de todo lastre. Son las doce de la mañana. Valentina y yo cruzamos el arco de medio punto que da entrada al cementerio. Ella lleva un ramo de flores blancas y rosas. Cogidas del brazo nos dirigimos, despacio, hacia el nicho de su hija. Sonríe nerviosa sin ocultar la emoción en los ojos. Una vez frente a la lápida la dejo sola y me voy a la tumba del ángel que pide silencio. Desde allí la veo cómo reparte las flores entre los jarrones laterales. Se santigua, se enjuaga unas lágrimas, acaricia la fotografía, la besa. Se queda como una estatua aunque creo que le habla. Unos minutos después la veo girarse a un lado y a otro. Me busca. Voy a su encuentro. En el recorrido leo el epitafio de una de las tumbas cercanas a la de Valentina. En letras doradas sobre mármol negro leo en voz baja: “Desde el amanecer las puertas están abiertas”.
Tal vez el misterio de la vida y de la muerte ha hecho que las tres Valentinas nos hayamos reunido hoy, día de Todos los Santos, en este lugar, cuando los interrogantes han sido respondidos. Despacio, en silencio, con la sensación de ir ligeras de equipaje nos dirigimos hacia las puertas de hierro de forjado que desde el amanecer están abiertas.
— FIN —
MJGuallart
Código  de registro  Safe Ceative   1602156580475

1 comentario:

  1. Gracias Maria Jose, me has enganchado. Lo he leido todo. Besos. Conchita

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