23 mayo 2016

BAJO EL HUECO DE LA ESCALERA



No necesitó abrir aquel paquete para saber lo que contenía. Había pasado mucho tiempo desde el día en que lo escondió en el armario que había en el hueco de debajo de la escalera. Un hueco al que se accedía por una puerta baja y que había permanecido cerrada desde entonces.
Hacía mucho tiempo de casi todo: del verano en Huelva, de la primera vez que durmió sola, de la casa de alquiler de dos pisos que años después compró; de la última caja por abrir de la mudanza, de la decisión de no guardar nada debajo de la escalera porque solo guardaría allí aquel paquete que debía mantenerse fuera de su vida, pero que a la vez quería a mano por si ella le preguntaba qué había sido de su regalo. Así fue como lo confinó a aquel inframundo a sabiendas de que un día saldría a la luz.
A fuerza de no entrar allí, de ignorar su existencia hasta el punto de pintar la pared y la puerta del mismo color, había llegado a olvidar. Pero la memoria es caprichosa y selecciona por sí misma los momentos para actuar. Ella lo sabía pero hasta de eso se olvidó.
¿Cuánto tiempo hacía que no limpiaba aquél espacio?
Estaba de rodillas en el suelo, medio cuerpo dentro del armario y el brazo extendido hacia el fondo de un lateral cuando su mano dio con el paquete hecho de papel de periódico. Sintió un espasmo en el estómago, se le aceleró el pulso sin que lo pudiera evitar. Tiempo atrás su primer impulso fue deshacerse de aquellos paños de cocina de algodón con motivos de estrellas, patos, casitas de campo y medias lunas en cuarto creciente que tanto le gustaron a su hija. Lo mejor, lo más rápido, lo más práctico fue guardarlos en el fondo del armario que había en el interior del hueco de debajo de la escalera. Siempre podría decirle que os había guardado para cuando fuera mayor
Y todo fue por no contarle lo que descubrió aquel verano cuando fueron a Huelva invitadas por su intima amiga y compañera de carrera a la que su hija llamaba tía, la misma que le regaló aquellos paños en una excursión a Portugal. La misma que se acostó con su padre, la misma que dijo de ella que era una mala madre, la misma por la que la niña se fue de casa. Y todo por no contarle que su existencia estaba rota, que deseaba al menos vivir tranquila.
A veces el tiempo da sorpresas que no coinciden con lo que se desea y que es el propio tiempo el que se encarga de recordar que era eso otra cosa la que tenía que suceder.
De un manotazo salió disparado el paquete fuera del armario. Cuando terminó de limpiar cogió las llaves de la puerta del hueco de la escalera y junto con el paquete de papel de periódico los tiró al contenedor de la basura.
MJGuallart
23 de mayo de 2016
Código de registro: 1605237831015

EL NOGAL



Las nueces rodaron hasta la escalera que llevaba al desván.
La gobernanta no pudo contener el grito que hizo temblar todas las paredes: don Santiago, el huésped más antiguo del hotelito, yacía en mitad de la escalera. La cabeza vuelta hacia la pared. Un hilillo de sangre se escapaba entre la comisura de sus labios. Sus ojos abiertos dirigían la mirada hacia el mismo punto que su dedo índice de la única mano que había tenido capacidad de movimiento antes de morir. 
El óleo que reproducía el nogal centenario de la casa, el que con sus frutos había sido el cimiento de la gran fortuna de sus jefes no estaba en su lugar. 
MJGuallart


 Código de Registro 
Safe Creative: 1605237829982

15 mayo 2016

RINGO



Cada día repartía su tiempo entre la ventana del cuarto de estar y el dormitorio de Maribel. Cuando ella iba al consultorio o a comprar, él se colocaba en el alfeizar protegido por el doble cristal hasta que ella volvía. El movimiento de su cabeza, la elevación de las orejas y la expresión de sus ojos parecían jugar al te sigo me sigues con la señora de caminar torpe que entraba en la carnicería de enfrente; el abuelo que cogía a su nieto de la mano para que no echara a correr; el chico de pelo en punta que pasaba en un monopatín; las dos adolescentes vestidas con ropa de deporte de marca que hablaban fuerte y reían todo el rato.
Desde hace días, Ringo pasa las mañanas y las tardes en la ventana. Los vecinos dicen que llora por las noches.
Hoy, un sobrino, el que Maribel designó tiempo atrás como su heredero, ha ido a la casa. En la bolsa mordida de lona verde ha metido un hueso de cartílago, una bola de tenis, un pato de goma y el cepillo de púas de metal. También ha metido el camisón rosa sobre el que Ringo ha dormido desde que Maribel no volvió. Con el arnés y la correa puestos han salido a la calle. Ringo mueve el rabo, olisquea y orina en los mismos sitios de siempre. Minutos después los dos se difuminan camino de otro barrio, mientras en los cristales de la ventana del cuarto de estar queda pegado un cartel de se vende.
MJ-Guallart

Código de registro: 1605157637353


08 mayo 2016

REGRESO A DAKAR


Miércoles, 3 de febrero de 2009.
Madrid-Dakar.
11: 00 horas A.M.
Yo, Ibrahima Ndhao, regreso a Senegal.  Hace una hora que el avión ha despegado del aeropuerto. Me siento solo entre tantos asientos azules que no están vacíos. Mi asiento es el de la ventanilla y en los dos asientos contiguos al mío un niño blanco y su madre, también blanca, duermen. El silencio sordo del zumbido del avión se ha roto cuando la azafata me ha ofrecido un zumo de naranja. Sonríe continuamente y el color de su piel contrasta con el tono marfil del uniforme.  La película del monitor no capta mi atención y el comandante avisa que sobrevolamos el océano. El mismo océano que hace cuatro años. Al mirar por la ventanilla viene a mi mente imágenes lejanas: la patera a la deriva por falta de combustible, la guardia costera española, nuestro rescate cuando estábamos cerca de las Islas Canarias. Nosotros sin saber de la cercanía a yerra.

12:00 horas A.M.
Todavía quedan tres horas vuelo. Debido a las turbulencias el niño blanco se ha despertado. Gimotea. Pregunta cuánto falta para llegar. La misma pregunta que me he hecho yo durante estos últimos cuatro años de búsqueda de trabajo, de vender cedés, de conversaciones telefónicas con mi madre y con Mara, mi novia. Dentro de quince días nuestros padres irán a la Mezquita para formalizar el casamiento. No haremos fiesta, no hay dinero suficiente pero estoy contento porque mi madre ya no tiene que utilizar velas para iluminar la casa. Con el dinero que he ido enviando ha instalado luz eléctrica, un frigorífico y el televisor. En cuando llegue cambiaré el suelo de tierra por uno de madera, pintaré la casa, arreglaré  mi habitación donde vamos a vivir Mara y yo. Estoy ansioso por verla.  Ella no sabe que llego hoy.
Se acerca la azafata con su sonrisa y me pregunta qué voy a comer.

14:30 horas
Me quedado dormido después de la comida. La  voz del comandante por los altavoces comunica que quedan treinta minutos para aterrizar. Un letrero luminoso da la orden de abrocharnos el cinturón. La azafata de la sonrisa va por el pasillo comprobando que lo hemos hecho correctamente. Treinta minutos y pisaré Dakar. En el aeropuerto me espera mis hermanos. Me inquieta el encuentro con ellos, deseo abrazarles,  deseo llegar a Mbour, mi ciudad, de donde salí siendo pescador, hoy regreso convertido en campesino.

Miércoles 5 de abril de 2009.
Dakar-Madrid
17:20 horas.
Todo ha sucedido como en un sueño. El encuentro con mis hermanos fundidos en un largo e intenso abrazo contenido por la fuerza para no llorar.  Mi madre gritos y saltos a la vez, levantó los brazos al cielo, después hacia adelante para acogerme a la vez que daba gracias a  Alá. Mi novia se quedó como si viera un fantasma, después lloró de alegría colgada de mi cuello. Mi padre posó sus brazos sobre mis hombros y en su mirada vi la satisfacción que sentía. Los vecinos me dieron la bienvenida.
Mara y yo nos casamos quince días después de mi llegada, tal y como estaba previsto. Aún pudimos hacer una pequeña fiesta en la que todos estuvieron contentos y felices. Ella parecía una princesa. He sido feliz estos meses viviendo junto a mi mujer y a mi madre.  Sé que mi padre y mis hermanos están orgullosos de mí. Dispongo de pasaporte nuevo y un visado para el contrato de trabajo. Los días han pasado tan deprisa que hoy he llorado al despedirme. En el aeropuerto ya no había vuelta atrás. Al cruzar la puerta de embarque he vuelto la vista por última vez. Entre Mara y yo hemos cruzado una mirada cargada de complicidad. Nadie sabe que volveré dentro de nueve meses para conocer a mi hijo.
 MJGuallart
Código de registro: 1605087459421

03 mayo 2016

Más allá de Valentina (5 de 5)

Me senté en el borde la cama dispuesta a escucharla.
— A él no lo volví a ver más pero sí que llegó a saber que había tenido una hija. Se enteró por Herminia, mi hermana que cuando tuvo edad suficiente la enviaron a la casa de Sebastián para trabajar.
— ¡Una hermana tuya!
—Te puedes imaginar — continuó como si yo no hubiera dicho nada— qué cara pusieron cuando apareció mi hermana. Las sirvientas que coincidieron conmigo le contaron que el día que yo me fui de la casa dejé una nota en la que decía que me iba al pueblo, pero que no se lo creyeron. Le dijeron que estaba con Alicia, el ama de llaves anterior a la actual.
— ¿Cómo sabían que estabas con ella si dejaste escrito que te ibas al pueblo? —hizo una señal con las manos en la que indicaba que esperara, que todo a su de esperara que todo a su debido tiempo.
— Espera —respondió— todo a su debido tiempo. Como decía, las sirvientas le dijeron a mi hermana que Alicia me había querido como a una hija—. Hizo una pausa para tomar aire—. Un día apareció Herminia en la floristería. Nunca olvidaré aquel momento, casi me da un infarto del susto, de alegría, de miedo, de todo.
En este punto ella se quedó en silencio, silencio que respeté.
—Tras superar el impacto del primer momento —continuó— lloramos abrazadas para después mirarnos cogidas de las manos, entre risas nerviosas interrumpidas por las lágrimas que sorbíamos para no soltarnos la una de la otra. Las preguntas nos golpeaban pero no éramos capaces de formularlas. Permanecimos en aquel estado durante unos minutos. Había pasado mucho tiempo desde de la última vez que nos vimos, cuando salí del pueblo para ir a trabajar a Madrid. Entonces era una niña, el tiempo había sido benévolo con ella y sus facciones se conservaban intactas. Su pelo rizado, sus mejillas abultadas, sus dientes montados que definían su sonrisa eran los mismos. Pobre Herminia. No vivió mucho tiempo pero sí el necesario para para encontrarme. El tiempo necesario para tranquilizar a mi madre que por las noches gritaba llamándome. Me habló de mi padre, de su muerte natural y que fue el motivo por el que ella tuvo que abandonar el pueblo para ir a trabajar a Madrid. Me habló de los otros hermanos que como en una diáspora estaban todos fuera del hogar. Los mayores en Suiza. De tanto en tanto, recibían noticias que decían que les iba muy bien, pero a España no habían regresado ni en verano. Otra hermana, mayor que nosotras dos, acabó en Holanda con unos señores de Lugo con los que trabajaba. De ella tan apenas sabía nada, ni escribía, ni iba al pueblo, aunque enviaba recados suyos a través sus señores cuando regresaban para dar vuelta por la casa familiar. Mi madre murió tranquila el invierno siguiente al verano que yo regresé al pueblo. Te puedes imaginar aquel viaje.
—Lo siento Valentina, siento que te haya hecho revivir todos esos momentos.
Me remordía la conciencia por la cantidad de emociones que le había arrancado con mi salida de reconciliarse con el pasado. El pasado no le dolía, pero rememorar determinados pasajes sí aunque hablaba de ellos con serenidad.
—No te preocupes, como ves estoy reconciliada con mis fantasmas. Hace tiempo que ya no me queda nadie. De mis hermanos tan apenas sé nada, hemos perdido el contacto. Queda mi hermana la pequeña con la que nos felicitamos las navidades. Ella se quedó en el pueblo donde se casó con el hijo del dueño de la tienda de ultramarinos en la que trabajaba. Entre criar a sus dos hijos, la tienda, un par de parcelas de tierra cultivada y el marido, ha estado siempre atada. Con sus hijos no tengo ningún trato, de hecho no los he visto nunca.
— ¿Y Sebastián?
— Para mi sorpresa, las otras sirvientas de la casa de Sebastián, (aunque entonces a mí no me me preguntaron nada) se habían dado cuenta de que estaba embarazada. Por eso no se creyeron el contenido de la nota que dejé cuando me fui. Debió ser al poco de nacer mi niña, cuando Alicia les hizo saber a las sirvientas que yo estaba con ella y que había tenida una niña. Nunca me preguntó quién era el padre aunque se lo imaginó, a fin de cuentas, entonces, era habitual que la sirvienta se quedara embarazada del señorito. Les hizo prometer que guardarían el secreto, a menos que un día alguien de la familia preguntara por mí. — guardó silencio unos segundos— Y ahora es cuando viene Sebastián.
En este punto hizo una pausa, sacó un pañuelo de la manga para limpiarse la nariz. Después de guardar de meter el pañuelo en la misma manga de la que había salido, tomó aire para continuar.
—.Mi hermana tardó en decirle que tenía una hija. Él no movió ni un músculo de su cara, ni un parpadeo. Se mantuvo en silencio como si necesitara pensar lo que iba a decir. Después le espetó que si iba a extorsionarle o a pedir dinero. Mi hermana le contestó que no se preocupara que no se trataba de ninguna de las dos cosas, que yo no era de esa clase de personas, que tenía la vida resuelta y que la niña no le daría ningún problema, pues había fallecido. Ni siquiera preguntó de qué había muerto. Con aquella reacción demostró que no quedaba nada del Sebastián que yo había conocido.
Valentina guardó silencio. Se estiró la falda para taparse las piernas por debajo de las rodillas. Después me miró a los ojos como si me dijera que el pasado ya era pasado y las cosas estaban bien como estaban, cada una en su sitio.
Han pasado días desde que me contó la parte de historia de su vida que yo sospechaba que se callaba. Cada día tenemos nuestros ratos de conversación en los que aprovecha para encargarme revistas del corazón o tabletas de chocolate, le encanta el chocolate que come a pequeñas dosis para que le dure más. Un día me pidió que le acompañara a comprar un DVD para ver películas porque “me canso de esos programas de cotilleos”.
Hace tiempo que no se aísla, que no lleva el libro-escudo. Se relaciona con otros residentes e incluso participa en alguna de las tertulias de la tarde. Los días que tengo fiesta comemos fuera de la residencia. Unas veces en casa de Irene mi cuñada, otras veces en la mía. Los domingos que tengo fiesta vamos a un restaurante.
Poco a poco he ido viendo cómo ha ido tomando fuerzas para dar el paso que hoy está a punto dar. El que necesita, el que le falta para liberarse de todo lastre. Son las doce de la mañana. Valentina y yo cruzamos el arco de medio punto que da entrada al cementerio. Ella lleva un ramo de flores blancas y rosas. Cogidas del brazo nos dirigimos, despacio, hacia el nicho de su hija. Sonríe nerviosa sin ocultar la emoción en los ojos. Una vez frente a la lápida la dejo sola y me voy a la tumba del ángel que pide silencio. Desde allí la veo cómo reparte las flores entre los jarrones laterales. Se santigua, se enjuaga unas lágrimas, acaricia la fotografía, la besa. Se queda como una estatua aunque creo que le habla. Unos minutos después la veo girarse a un lado y a otro. Me busca. Voy a su encuentro. En el recorrido leo el epitafio de una de las tumbas cercanas a la de Valentina. En letras doradas sobre mármol negro leo en voz baja: “Desde el amanecer las puertas están abiertas”.
Tal vez el misterio de la vida y de la muerte ha hecho que las tres Valentinas nos hayamos reunido hoy, día de Todos los Santos, en este lugar, cuando los interrogantes han sido respondidos. Despacio, en silencio, con la sensación de ir ligeras de equipaje nos dirigimos hacia las puertas de hierro de forjado que desde el amanecer están abiertas.
— FIN —
MJGuallart
Código  de registro  Safe Ceative   1602156580475