26 abril 2016

MÁS ALLÁ DE VALENTINA (4 DE 5)



Los días siguientes transcurrieron con normalidad en la residencia; fuera de allí yo tenía el tiempo ocupado con mi cuñada. Mi hermano e Irene no habían tenido hijos por lo que le ayudaba a poner en orden sus asuntos legales y domésticos. Hicimos una selección de ropas para llevarlas a la parroquia, el resto se tiraron. Cambiamos la cama de matrimonio por dos camas pequeñas, dejamos el tocador y el armario. Compramos cortinas, sábanas y toallas con la finalidad de dar otro aire a la casa, para que a Irene le resultara más fácil afrontar su nuevo estado. Le acompañé al abogado, a la compañía de seguros, al banco. A finales de julio firmé mis vacaciones para el mes de agosto y el último día de trabajo fui a la habitación de Valentina.
Aunque pedí permiso para entrar, pasé sin esperar la respuesta. 
Estaba sentada en su sillón, con el mismo libro de siempre entre las manos, cerrado, el que sólo abría cuando alguien se le acercaba en el jardín. Esta vez permaneció cerrado.
—Vengo a despedirme—, le dije.
—Sí, ya se, —me interrumpió— que te vas de vacaciones. Me pareció notar cierto reproche en su respuesta. En cierto modo lo entendía porque yo no le hacía partícipe de mis planes y la realidad era que nuestra relación se había hecho más cercana y por ese motivo no quería que se preocupara antes de tiempo si pensaba que no me iba a ver durante un tiempo.
—Vuelvo dentro de quince días —me acerqué  y le di un beso.
— ¿Tienes un momento? —Me preguntó a la vez que me cogía de la mano como si tuviera miedo de que me fuera de allí.
—Sí, claro. —respondí sorprendida.
—Coge el taburete del baño y siéntate junto a mí—. Hice lo que me dijo. —No puedes irte de vacaciones con la idea de que los padres de esa niña eran unos asesinos.
— No, si ya no lo pienso —respondí con soltura para disimular el vuelco que me dio el corazón.
—Yo era una de las criadas de su casa, en Madrid. Se llamaba Sebastián, estudiaba en un colegio en Suiza no se qué carrera y sus padres se desplazaban hasta allí por vacaciones. El verano que yo cumplí dieciocho años sus padres no pudieron viajar y él vino a la casa.   Era alto, pelo castaño, tez sonrosada. Siempre sonreía y me trataba bien. Aunque tenía dos años menos que yo me enamore de él. Al acabar el verano él regresó al internado y yo ya estaba embarazada. No dije nada a nadie.
— ¿Ni siquiera a Sebastián?
—No, para qué. A él no lo iba a ver hasta las navidades siguientes si es que volvía, y a sus padres no se lo podía decir porque me hubieran echado a la calle de inmediato, piensa que él iba a ser padre con  dieciséis años. No, no dije nada a nadie. Aguanté el tiempo que pude sin que se notara mi estado. Gracias a mi constitución delgada y la amplitud del uniforme de trabajo pude disimularlo hasta casi los seis meses. Me fui una mañana temprano con lo puesto y el dinero ahorrado. Dejé una nota en la bandejita de plata del recibidor. Allí decía que tenía volver al pueblo porque me necesitaban debido a que mi padre estaba enfermo. En la casa de él no supieron que tenían una nieta, ni él que había sido padre. Por eso en la lápida sólo figura un apellido.
—Y tus padres, qué dijeron cuando te vieron llegar?
—Por supuesto que no regresé al pueblo, —respondió con tono firme— me hubieran matado. Cogí un autobús y me vine a esta ciudad donde vivía el ama de llaves que me enseñó a hacer las tareas para los señores, me trató como si fuera hija suya. Ella tuvo que irse de la casa al morir su madre para atender la floristería. Antes de marcharse me dio su dirección por si alguna vez la necesitaba —hizo una pausa para tomar un sorbo de agua y continuó—. me acogió como la hija que nunca tuvo. No me preguntó nada, no me reprochó nada. Me dio trabajo, me cuidó y cuidó de mi Valentina. Falleció antes del accidente. Me dejó la floristería y algo de dinero y con todo eso pude salir adelante y comprar a perpetuidad el nicho donde descansa mi hija.
— ¿Y tu familia nunca supo nada?
—No, nunca. Desaparecí de sus vidas para siempre. Eran tiempos difíciles y donde había muchos hijos para salir adelante, a los más mayores se los sacaba de casa para trabajar. Tampoco creo que los señores fueran a preguntar por mí, en el pueblo.
El tono irónico de su respuesta argumentaba toda la lógica de su proceder. Me impresionó la dureza del castigo que ella misma se había impuesto. Su vida había transcurrido en soledad; en los momentos más duros nunca tuvo a nadie aunque sólo fuera para acompañarla. El único remanso de paz debió ser el tiempo antes de que falleciera la única persona que le había ayudado. Pensé lo cruel de su vida con semejante castigo.
Cuando terminó de hablar ya no lloraba, tenía apoyaba la cabeza en el lateral del sillón, los ojos cerrados,  la respiración pausada. La sentí ligera. En su rostro se apreciaba otra luminosidad.
—Gracias por contármelo —le dije— te veré más tarde cuando me cambie de ropa—. No abrió los ojos, pero insinuó una ligera sonrisa.
Ha pasado tiempo desde entonces. Valentina había completado su historia con detalles que no modificaban lo ya contado. Una voz interior me decía que no había sido del todo. Una tarde al terminar el trabajo dudé si pasarme o no por su habitación para decirle adiós. Yo estaba cansada e irascible por lo accidentado de la tarde. Uno de los ancianos se había caído de la silla de ruedas, se había hecho una brecha en la frente y tuvo una fuerte hemorragia debido a la medicación tomaba, además había estado inconsciente durante unos minutos que se hicieron una eternidad. A pesar de ello me pasé por su habitación.
Ella estaba viendo el informativo del canal nacional. Le dije que ya me iba a casa, ella, sin despegar la vista de la televisión, me dijo que hasta mañana, que descansara. No me gustó que no me mirara, ni el tono y no se me ocurrió mejor idea que lanzarle la pregunta que me rondaba por la cabeza, desde que ella me contara su vida.
— ¿Me autorizas a buscar información sobre el padre de la niña?
Entonces sí que me miró a la casa para decirme un no rotundo. No era ni mi día ni el momento.
—Solo saber si vive— insistí.
—Las cosas están bien así.
— ¿No tienes curiosidad por saber que ha sido de ellos?
—Ninguna.
—No lo entiendo.
— Yo sí – replicó en una actitud de no saber si seguir o quedarse ahí?
Tuve la sensación de que se arrepentía de haber dado aquella respuesta, no sé si porque daba a entender algo o porque no quería hablar.
— Tu respuesta me ha sonado a evasiva—, le dije. Estaba claro que algo se guardaba. No me cabía en la cabeza que hubiera vivido sin acordarse, sin saber nada de su propia familia. De una hermana o de un sobrino o de una prima y sobre todo de Sebastián, el padre de su hija. Que no hubiera sabido nada de él, podía ser, pero que no confesara siquiera que había pensado en él o que no hubiera deseado saber algo, no me lo podía creer.
A aquellas alturas teníamos la confianza suficiente para hablar de ello. Como vulgarmente se dice me lancé a piscina a pesar de estar cansada por el trabajo. Le dije que estaba convencida de que se callaba algo, que era su decisión, pero que yo no me creía que hubiera vivido sin tener ninguna noticia de nadie y esto por el simple hecho de que el ser humanos es curioso por naturaleza.
—Lo mejor que podrías hacer por tu persona es reconciliarte con los fantasmas del pasado—. Se lo solté después de darle un peso en la mejilla, dispuesta a marcharme.
— No es necesario que busques a Sebastián. (continuará)
MJGuallart
Código  de registro  Safe Ceative   1602156580475

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