22 abril 2016

MÁS ALLÁ DE VALENTINA (3 de 5)

Un 16 de junio de 1963 salimos de Alhucemas. Andrés y yo éramos gemelos, teníamos diez años cuando concluyó la independencia de Marruecos. A los funcionarios de abastos los trasladaron a otros puestos en la península. El destino de mi padre fue el de enterrador en un cementerio situado en la zona más alta de una ciudad del Norte, donde se juntaban todos los vientos. Para fortuna nuestra llegamos con buen tiempo, pero durante los inviernos el frío de la nieve de las montañas se convertían en cuchillas sobre el rostro y sus silbidos no respetaban las horas de sueño.
Al día siguiente de nuestra llegada salimos a jugar al exterior. Queríamos saciar la curiosidad que nos invadía desde que en el barco nuestra madre nos dijo que íbamos a vivir en una casa junto al cementerio.
Las puertas de hierro forjado estaban abiertas. Traspasamos el arco de medio punto que daba paso al interior. De allí nacían varias calles de tierra entre tumbas de granito coronadas algunas por grandes cruces; otras recorrían bloques de nichos bajo porches. Las lápidas de mármol exhibían fotografías en blanco y negro de hombres y mujeres enterrados tiempo atrás. Leíamos sus nombres, nos inventábamos sus vidas, su forma de morir. Los que se mostraban serios decíamos que habían sido malos, en cambio los que sonreían, esos habían sido buenos.
—Mira qué lápida.
—Es una niña. Se han olvidado de poner el segundo.
— ¡Qué va! Eso es porque era pequeña.
En el centro de la parte superior de la lápida, había una fotografía de una niña con trenzas con lazos. Sonreía. A juzgar por la fecha había sido enterrada quince días antes de nuestra llegada. Los floreros que colgaban a ambos lados de la lápida estaban vacíos. Ni siquiera una corona de flores.
— ¡Mira! Se llama Valentina, como tú y sólo tenía tres años —dijo mi hermano.
— ¿De qué habrá muerto?
—De tuberculosis, seguro.
—O de enfermedad.
—La tuberculosis es una enfermedad, tonta.
—Que no me llames tonta —grité— ¡eres imbécil!
Aquello de tener el mismo nombre que aquella niña enterrada hacía pocos días no me hizo ninguna gracia. Me dio miedo porque pensé que yo me iba a morir al día siguiente. Eché a correr. No sé exactamente por dónde fui, solo recuerdo que me escondí detrás de una tumba donde una escultura de piedra representaba a un anciano que arrancaba las hojas de un libro.
—No te enfades anda ven que no eres tonta, que ha sido una broma.
El miedo hizo que me tragara el enfado y saliera de mi escondite. Volvimos a la lápida de la niña de las trenzas.
— ¿Por qué no tiene flores?
—Se habrán secado.
—No. Estarían las flores secas.
—Seguro que no le han puesto.
— ¿Por qué no le habrán puesto flores? Mira todas tienen.
—No sé. Se me ocurre una idea: vendremos todos los días para ver si viene alguien ¿vale?
— ¿Y si un día nos encontramos con sus padres?
—Si vienen sus padres no pasa nada. Los veremos y punto.
— ¡Vale, vendremos a vigilar!
Cada tarde a la vuelta del colegio, mi madre nos obligaba a lavarnos las manos antes de merendar, cosa que hacíamos cuanto antes para irnos a la calle. Con el bocadillo de mortadela en la mano nos íbamos a la tumba del ángel de mármol, el que con un dedo sobre los labios pedía silencio. Desde allí podíamos vigilar sin ser vistos la tumba de Valentina, con la esperanza de encontrar a alguien frente a la lápida. Pasó el verano. Llegó el viento del norte que arrancaba todos aquellos sonidos metálicos que oíamos por las noches en el interior de la casa. Nunca vimos a nadie que la visitara ni le llevara flores. Las primeras noches me costó conciliar el sueño. Pensaba que aquella niña olvidada en su tumba iba a venir a mi habitación. A pesar del frío nosotros continuamos con nuestros juegos por el cementerio entre historias que nos inventábamos sobre la vida de los muertos o hacíamos carreras por los porches de nichos.
— ¡A ver quién va más allá de Valentina!
— ¡Gallina el que no llegue!
A mi hermano le encantaba desafiarme. Los días que anochecía tan pronto, el sonido metálico nos daban mucho miedo pero el reto era mayor. Pasar del nicho de Valentina era ya una hazaña. A veces íbamos más lejos, otras simplemente no llegábamos.
A mediados de octubre, aumentó el ir y venir de los familiares de los difuntos para limpiar las tumbas. Nadie fue a la de Valentina. Llegó el día de Todos los Santos y desde muy temprano nos apostamos en la tumba del ángel que pedía silencio, con la esperanza de ver llegar a sus padres, o a sus abuelos o a algún tío suyo. Estábamos decididos a preguntarles qué le había pasado a la niña. Pero nadie fue, ni ese año ni ninguno de los que estuvimos allí viviendo. Andrés y yo llegamos a la conclusión de que no tenía más familia que sus padres y que éstos estaban en la cárcel porque ellos la habían matado. Por eso cuando veíamos flores frescas en otras tumbas, elegíamos las que más nos gustaban y se las poníamos a ella. Sin ser conscientes de ello, Valentina desde su tumba se convirtió en nuestra compañera de juegos. Años más tarde nos fuimos a vivir al centro de la ciudad. Nunca nos olvidamos del cementerio ni de aquella niña que se llamaba como yo y a la que nadie iba a visitar. Los primeros años después de la muerte de nuestros padres íbamos a visitarlos y llevábamos flores para ellos y también para la niña. Poco a poco las visitas se espaciaron por el propio discurrir de la vida.
Ella me escuchó sin hacer una sola pregunta. Nuestras elucubraciones infantiles le arrancaban alguna sonrisa. Cuando dije que a su hija no le faltaron flores dejó escapar un suspiro y se quedó mirando al vacío.
— ¿Por qué volviste al cementerio? —preguntó sin modificar su mirada.
—Debió ser un impulso provocado por alguna fuerza que desconozco.
— ¿Has encontrado lo que querías?
—Sólo una parte. Me faltan respuestas todavía.
—Algún día — respondió— ahora no.
—Entiendo.
—Han pasado tantos años...

                                                           (Continuará)
MJGuallart

Código  de registro  Safe Ceative   1602156580475



1 comentario:

  1. Estoy enganchada, deseando leer la siguiente parte

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