17 abril 2016

MÁS ALLÁ DE VALENTINA (2 de 5)





Dos días después volví al trabajo. Soy gerontóloga y trabajo desde hace tiempo en una residencia de la tercera edad, en el centro de la ciudad. Mis compañeros me dieron el pésame nada más llegar, lo mismo que la dirección. Los residentes lo hicieron a lo largo de la jornada. Todos menos Valentina que mostraba un aislamiento mayor. Pasaba más tiempo en su habitación la cual solo abandonaba para ir al comedor. Seguía llevando el mismo libro cerrado que abría cuando se acercaba alguien para no tener que saludar, el libro escudo como yo solía decirle en plan de broma.
  Unos días después de mi regreso ella entró en el comedor cuando el primer plato ya estaba servido. Tomó un poco de paella y se dejó casi todo el pescado. Había la tarta de chocolate, como todos los domingos,  de la que no probó bocado. Le dije que si no le apetecía se la guardaba en el frigorífico para que se la tomara después de la siesta. Aceptó sin mucho entusiasmo.
Hora y media más tarde llamé a su puerta. Como no respondió la abrí despacio por si aún dormía.  Encontré la cama vacía pero la puerta del cuarto de baño estaba entreabierta. Me asomé por si le ocurría algo. La vi apoyada en el lavabo de espaldas al espejo. Se enjugaba las  lágrimas con un pañuelo de tela.
— ¿Qué ocurre Valentina? Vamos a la habitación y te sientas—. Le dije tuteándola por primera vez. Entonces ella se abrazó a mí.
—Lo siento, lo siento tanto. Discúlpame.
— ¿Disculparte? No tienes por qué.
Una vez en la habitación se acomodó en su sillón de flores, junto al balcón.
Siento mucho la muerte de tu hermano. Es una desgracia perder a un ser querido. Me cuesta tanto dar mis condolencias cuando alguie fallece… Se tapó la cara con las manos y volvió a llorar
— ¿A quién has perdido tú? —le pregunté de manera instintiva. Como movida por un muelle dio un respingo. Me miró. En sus ojos enrojecidos aún con lágrimas  había sorpresa, miedo, como si ella misma se preguntara qué era lo que yo sabía. Pasamos un rato en silencio. De tanto en tanto se sonaba la nariz, yo esperaba no sabía muy bien qué.
—Fue hace tiempo.  Mi pobre mi niña. Ahora tendría tu edad.
— ¿Tu niña?
— ¿Por qué me obsesionaría tanto con la limpieza, los horarios de trabajo? Estaba sola, tenía un negocio que atender. ¿Por qué se acercó a la ventana, por qué no me di cuenta? Era temprano y limpiaba la casa. Las ventanas estaban abiertas. La niña se acercó... si la hubiera visto...
—Lo siento, lo siento mucho— acerté a decir.
—Mi hija está y ha estado mejor sin mi presencia, todo fue culpa mía.
—No digas eso, fue un accidente, igual que te paso a ti le pudo pasar a su padre o a otra persona. No te culpes por ello.
—! Su padre! —Exclamó— Su padre nunca supo que tenía una hija.
— ¿Cómo?
—Sí, soy era soltera y lo sigo siendo, pero él no lo supo… ahora… no quiero hablar de ello, ahora no. ¿Cómo le iba a llevar flores? —continuó—. Aquel día me desperté tarde, le di el desayuno deprisa, después la vestí. Yo aún sin desayunar me puse a recoger la casa. Abrí la ventana... Nunca ha tenido unas flores en su nicho.
Saqué el móvil del bolsillo de la bata, busqué en él lo que quería y le mostré la pantalla. La observó en silencio. Tras unos segundos escondió la cara entre sus manos y volvió a llorar. Cogí el taburete del cuarto de baño y me senté frente a ella.
— Es la lápida de tu hija ¿verdad? —Noté cómo se tensaban todos los músculos de su cuerpo.  Asintió con un ligero movimiento de cabeza mientras unas lágrimas se le escapaban por las mejillas.
— ¡Tiene flores!
Me miró con la boca entreabierta como nunca me había mirado hasta entonces. Sus ojos lanzaban las preguntas que no acertaba a pronunciar.
Entonces le hablé de mí, de mi hermano, de dónde habíamos vivido cuando éramos pequeños. De todas las preguntas que nos habíamos hecho nosotros. (Continuará).  
MJGuallart
Código  de registro  Safe Ceative   1602156580475



  




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