15 abril 2016

MÁS ALLÁ DE VALENTINA (1 de 5)

A veces unas muertes dan respuesta a los interrogantes de otras muertes. Así ocurrió cuando mi hermano Andrés falleció. Todas las incógnitas que acompañaron nuestros juegos de infancia se desvelaron al día siguiente de su entierro. El dejó de luchar contra la enfermedad en las primeras horas del 16 de junio de 2013 por lo que su entierro tuvo lugar al día siguiente. Al acabar el funeral el cortejo discurrió por la zona nueva del cementerio, encabezado por el coche fúnebre seguido por mi cuñada, Irene, y por mí. Detrás nos acompañaban familiares, amigos, compañeros de trabajo, vecinos.
Caminaba cogida del brazo de Irene en medio de un silencio quebrantado por los pasos sobre el asfalto. Durante unos segundos cerré los ojos enfrentados a la luz. Sentí una ligera brisa en el rostro. Tomé aire para recibir las imágenes que se agolpaban en mi memoria: la casa, mis padres, mi hermano y yo de pequeños. Aquellos segundos contuvieron todo el tiempo que estuvimos viviendo no lejos de donde me encontraba en aquel momento.
Aquella noche fui a dormir a casa de mi cuñada. La emoción de cada abrazo, de cada beso, las lágrimas de otros, las mías se hicieron sentir de tal modo que tardé en conciliar el sueño. A la mañana siguiente nos levantamos pasadas las doce, todavía con dolor de piernas, sin ganas de hacer nada. Comimos en un restaurante cercano. Casi no hablamos.
-Necesito estar sola -dijo Irene al terminar comida. Estaba serena a pesar del dolor. Yo también necesitaba estar sola. Nos despedimos al salir del restaurante, Irene se encaminó hacia su casa y yo me fui calle adelante sin pensar hacia dónde iba a ir.
Veinte minutos después llegaba al cementerio. Pasé por el edificio que fue nuestra casa convertido en oficinas. Atravesé la puerta de arco de medio punto. El olor de los cipreses me envolvió entre la quietud de aquellas esculturas de formas etéreas que pedían silencio ante la muerte. El ángel de mármol de la tumba donde Andrés y yo íbamos a merendar seguía igual, las inclemencias del tiempo no habían dañado. Caminaba sin pensar, casi sin respirar. Era como si el tiempo no hubiera pasado, como si yo tuviera diez años y percibiera las mismas sensaciones que cuando entré allí por primera vez. Eran las mismas sensaciones que cuando descubrimos el nicho de la niña muerta a la edad de tres años. Mis pasos me llevaron ante la lápida de mármol blanco ajada por el azote del viento. Los floreros vacíos. Instintivamente busqué flores en otras tumbas. Las dispuse a ambos lados de la lápida. Di unos pasos hacia atrás para comprobar el efecto. Me acordé de mi hermano, como si me dijera otra vez que se llamaba como yo. Las flores parecían agrandar aquellas letras talladas en el mármol: “Valentina Silva. Nacida el 4 de febrero de 1960 y fallecida el 2 de junio de 1963”. Mi corazón empezó a latir con fuerza. Saqué el móvil del bolso e hice una fotografía. (Continuará...)
MJGuallart
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