04 abril 2016

EL ANILLO (tercera y última parte)

- III -
A la inspectora no le sorprendió la reacción de Isabel, de hecho la esperaba y también la temía. Por eso le resultaba tan difícil aquella visita.
— ¿Quién es usted? ¿Cómo ha llegado eso a sus manos?
—Siento que haya tenido que pasar por este momento. Soy inspectora de policía. En cuanto a la joya, por el momento te diré, disculpa que te tutee, es mejor así. —hizo una pausa para dar tiempo a la recuperación de Isabel— que ha llegado a mí de forma legal. Se trata del anillo de mi madre. Sé que te lo robaron y que no lo denunciaste. Isabel abrió los ojos de par en par.
— ¿De tu madre?
—Sí, Osca y yo somos hermanos, aunque supongo que no te habrá hablado de mí. Nuestra relación siempre ha pasado por altibajos.
—No quise denunciar su desaparición. —dijo con cierto sentimiento de culpa.
—Sí, sí, ya sé porqué no lo hiciste, tranquila, lo importante para mí ha sido ver tu reacción. Era la que esperaba para comprobar que realmente tienes ese problema.
— ¿Quieres explicarme de una vez qué haces aquí con eso en la mano y qué tienes que ver en todo esto? Eres la hermana de Oscar y no quiero saber nada de él.
—Deberías saber.
—Por qué voy a querer, a ver, por qué, si se lo ha tragado la tierra. Él fue quien me dejó.
—No sabes los motivos.
—Ahí te doy la razón. La verdad es que no los sé, porque la sarta de tonterías que me dijo no le justifica en absoluto.
—Todo tiene explicación. Mi hermano, estos momentos, lo está pasando muy mal.
—Por mí que se joda
—Él fue quien te robó el anillo.
— ¡Cómo! —levantó la voz y la inspectora le hizo señas con la mano para que bajara el volumen.
— Vale, muy bien, él la robó. Joder, qué sentido tiene.
—Hiciste bien en no formular la denuncia, —continuó Miranda— porque sino las cosas se le hubieran complicado más. Oscar es una buena persona pero se metió en deudas peligrosas. Un compañero de trabajo era su camello y como se tenían confianza, cuando Oscar iba falto de dinero le prestaba. El otro estaba también en apuros, porque los de arriba le presionaban para cobrar. El día que rompió contigo, en realidad no era su intención, fue la excusa para poner a buen recaudo esta joya. El sabía que no te la pondrías y que la esconderías para no verla. De esta forma quedaría a salvo.
—El muy cabrón, y aún dices que lo está pasando mal. Se lo merece. Utilizarme de esta manera.
—En cierto modo así ha sido. El anillo es de lo poco que conserva de la herencia. El quería regalártelo pero no así. Su idea era sacar el brillante, fundir el oro y hacer uno nuevo, sin la araña.
El día que se la llevó al trabajo con la finalidad de ir a una joyería cercana al edificio de la empresa, por descuido de Oscar, el compañero la vio. Le presionó para que se la diera a cambio de lo que le debía. Entonces se le ocurrió que la única forma de conservarla era hacer lo que hizo.
—Pero el rompió. Dijo que se iba. No me vale lo que dices.
—Por supuesto, no es muy edificante lo que hizo, ni tampoco que consumiera coca ¿no te lo dijo, verdad?
—No, aunque tenía la mirada algo triste ¡claro ahora se por qué! será cabrón.
—El compañero —continuó— le amenazó. De hecho le mostró un arma que tenía en el cajón de la mesa: una pistola pequeña de esas que salen en las películas y que llevan las señoras en bolsos pequeños. Aprovechó el momento que se quedó solo en la oficina para venir al museo. Te dio el regalo y después se fue a alojar un hostal de la zona sur de la ciudad. Permaneció allí dos días. Después volvió al museo como un visitante más. Sabía dónde estaba el vestuario y cuál era tu taquilla, porque allí habéis pasado unos buenos ratos cuando te venía a buscar a la salida.
Miranda sonrió, Isabel bajó la vista ante aquel comentario que hacía referencia a ciertos momentos íntimos.
—Con el estuche en su poder —continuó como si no se hubiera dado cuenta de la turbación— fue al Jardín Botánico para esconderse y desde allí me llamo al móvil. Me pidió ayuda. Media hora después nos encontrábamos en mi casa.
— ¿Está en tu casa? Por qué no me contó nada, le hubiera ayudado.
—Tenía que montar la historia para que pareciera real, porque el camello no se iba a quedar quieto.
—Entonces le has ayudado.
—Sí, pero con la condición de que se pusiera en tratamiento. Quedamos en que entraría en un centro que yo le proporcionaría y a partir de ese momento hasta que se recuperara yo gestionaría lo que le queda.
—Me importa una mierda.
—Comprendo. El motivo real de mi visita no es devolverte el anillo. Quería comprobar que era verdad tu fobia y que era motivo suficiente para fundirlo y hacer uno nuevo. Para mí tiene valor sentimental y debería ser mío, pero mi madre dejó en su testamento que fuera para mi hermano. La decisión me disgustó, lo admito, pero acepté su voluntad. Y como desde hace tiempo que pongo en entredicho lo que Oscar me cuenta, he venido a conocerte.
—Y te habrás quedado tranquila ¿verdad? ¡No salgo de mi asombro!
—Si tu le perdonas le gustaría retornar la relación, te quiere de verdad, eso me lo ha demostrado.
—Déjame, vete de aquí.
—La fobia a las arañas es de las que más personas padecen. Conozco un especialista que podría ayudarte.
—He dicho que te vayas. ¡Fuera!
Miranda dejó sobre la mesa una tarjeta de visita. Podía llamarla cuando quisiera. Le pidió disculpas en nombre de su hermano y en nombre propio por haber irrumpido en su trabajo y en su vida. Después abandonó la salita cerrando la puerta tras de sí.

Veinticinco días después, al terminar la jornada fue al vestuario para cambiarse. Tras ducharse se dejó la toalla enrollada en el cuerpo. Se sentó en uno de los bancos y se comió el bocadillo que había preparado por la mañana. A continuación se vistió con un pantalón, una camiseta de manga larga y un jersey de lana, todo en tonos tostados. Se maquilló. Se puso unas gotas de perfume en cada muñeca. Del bolso sacó el móvil y marcó el número que figuraba en la tarjeta que veinticinco días atrás le había dejado Miranda sobre la mesa de la salita.
--- FIN --- 
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