01 abril 2016

EL ANILLO (segunda parte)

- II -
Dos meses atrás le habían robado el anillo pero ella no lo denunció. Ni siquiera le dijo a nadie que lo tenía oculto en la taquilla del vestuario. El robo le solucionaba un problema, pero le inquietaba no saber quién había sido. Sus sospechas iban dirigidas a los compañeros de seguridad, tal vez los de la cabina de monitores les hubieran visto juntos, a Oscar y a ella, el día que éste se lo regaló. Fue el mismo día que rompieron. El selló la ruptura con una joya que ella no llevaría nunca, ni siquiera podría mirarla.
Una mañana se presentó en el museo cuando se encontraba en la entrada de la sala de entomología. Le entregó el estuche con un lo nuestro no tiene futuro pero quiero que conserves este regalo en recuerdo de todos los buenos momentos que hemos pasado juntos. Le pidió que no lo abriera en aquel momento que esperara a estar solar. A ella se le tensaron los músculos y endureció el rictus de la cara para no llorar. Estaban prometidos desde hacía seis meses y se querían o al menos eso creía. Su relación iba bien y no se podía imaginar que él rompiera de aquella forma. Toda explicación fue que se iba a los Emiratos Árabes para dirigir el montaje de una empresa de aparatos de aire acondicionado. Que no iba a poder viajar a España en los próximos dos años. Y como la quería no deseaba que perdiera el tiempo con él. Por todas esas razones la dejaba. Su fobia no le dejó hablar y un escalofrío le recorrió la espalda cuando guardó el regalo en uno de los bolsillos del uniforme. Y él perdió entre las vitrinas del museo.
Cuando la empresa de seguridad la destinó al Museo de Ciencias Naturales supo que lo pasaría mal. A fuerza de empeño había conseguido no gritar ni salir corriendo, como ocurría cada vez que veía una araña. El único remedio era no mirar, hacer el recorrido de sala en sala con arreglo a los protocolos establecidos. Cuando se acercaba a la zona de entomología respiraba hondo, miraba al suelo, pasaba entre las vitrinas repletas de insectos hasta la sala siguiente y esperaba a que la taquicardia y el sudor de las manos desapareciesen. Cada vez se recuperaba antes.
A las tres de la tarde, antes de salir, fue a cambiarse de ropa. Abrió el estuche. Oscar conocía el problema. No entendía por qué le hacía un regalo cuando cortaban y que además era un anillo, que según le dijo, formaba parte de su herencia y por si fuera poco llevaba un brillante incrustado en el lomo de una araña. Sus gritos inundaron el interior del vestuario. Nadie oyó los lamentos, ni el ruido que hizo el estuche cuando lo lanzó contra la pared para ir a parar junto a la ducha. Ella fue deslizando la espalda por la pared hasta quedarse sentada en el suelo. Lloró en silencio. ¿Cómo era posible que le regalara un araña si conocía el miedo que les tenía y que lo utilizara para romper con ella; ¿Por qué el anillo de su madre? ¿Qué clase de persona era. Era la misma con la que había hecho el amor, con la que había viajado, compartido secretos de infancia? ¿Era todo cierto? Nunca comentó que tuviera la posibilidad trabajar fuera de España. Nada tenía sentido.
Una hora después, más calmada recogió del suelo el anillo, con la cabeza vuelta hacia otro lado para no verlo, lo metió en el estuche y lo escondió en el fondo de la taquilla bajo una camiseta vieja de repuesto. Allí se quedaría para siempre.
Los días siguientes los vivió como en una nube. Ella le llamó por teléfono, fue a su casa para pedir una explicación, pero ante la falta de respuesta desechó llamarle o ir a su despacho. Dos días después se encontró la taquilla forzada y el estuche con su contenido habían desaparecido.
(continuará)
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