26 abril 2016

MÁS ALLÁ DE VALENTINA (4 DE 5)



Los días siguientes transcurrieron con normalidad en la residencia; fuera de allí yo tenía el tiempo ocupado con mi cuñada. Mi hermano e Irene no habían tenido hijos por lo que le ayudaba a poner en orden sus asuntos legales y domésticos. Hicimos una selección de ropas para llevarlas a la parroquia, el resto se tiraron. Cambiamos la cama de matrimonio por dos camas pequeñas, dejamos el tocador y el armario. Compramos cortinas, sábanas y toallas con la finalidad de dar otro aire a la casa, para que a Irene le resultara más fácil afrontar su nuevo estado. Le acompañé al abogado, a la compañía de seguros, al banco. A finales de julio firmé mis vacaciones para el mes de agosto y el último día de trabajo fui a la habitación de Valentina.
Aunque pedí permiso para entrar, pasé sin esperar la respuesta. 
Estaba sentada en su sillón, con el mismo libro de siempre entre las manos, cerrado, el que sólo abría cuando alguien se le acercaba en el jardín. Esta vez permaneció cerrado.
—Vengo a despedirme—, le dije.
—Sí, ya se, —me interrumpió— que te vas de vacaciones. Me pareció notar cierto reproche en su respuesta. En cierto modo lo entendía porque yo no le hacía partícipe de mis planes y la realidad era que nuestra relación se había hecho más cercana y por ese motivo no quería que se preocupara antes de tiempo si pensaba que no me iba a ver durante un tiempo.
—Vuelvo dentro de quince días —me acerqué  y le di un beso.
— ¿Tienes un momento? —Me preguntó a la vez que me cogía de la mano como si tuviera miedo de que me fuera de allí.
—Sí, claro. —respondí sorprendida.
—Coge el taburete del baño y siéntate junto a mí—. Hice lo que me dijo. —No puedes irte de vacaciones con la idea de que los padres de esa niña eran unos asesinos.
— No, si ya no lo pienso —respondí con soltura para disimular el vuelco que me dio el corazón.
—Yo era una de las criadas de su casa, en Madrid. Se llamaba Sebastián, estudiaba en un colegio en Suiza no se qué carrera y sus padres se desplazaban hasta allí por vacaciones. El verano que yo cumplí dieciocho años sus padres no pudieron viajar y él vino a la casa.   Era alto, pelo castaño, tez sonrosada. Siempre sonreía y me trataba bien. Aunque tenía dos años menos que yo me enamore de él. Al acabar el verano él regresó al internado y yo ya estaba embarazada. No dije nada a nadie.
— ¿Ni siquiera a Sebastián?
—No, para qué. A él no lo iba a ver hasta las navidades siguientes si es que volvía, y a sus padres no se lo podía decir porque me hubieran echado a la calle de inmediato, piensa que él iba a ser padre con  dieciséis años. No, no dije nada a nadie. Aguanté el tiempo que pude sin que se notara mi estado. Gracias a mi constitución delgada y la amplitud del uniforme de trabajo pude disimularlo hasta casi los seis meses. Me fui una mañana temprano con lo puesto y el dinero ahorrado. Dejé una nota en la bandejita de plata del recibidor. Allí decía que tenía volver al pueblo porque me necesitaban debido a que mi padre estaba enfermo. En la casa de él no supieron que tenían una nieta, ni él que había sido padre. Por eso en la lápida sólo figura un apellido.
—Y tus padres, qué dijeron cuando te vieron llegar?
—Por supuesto que no regresé al pueblo, —respondió con tono firme— me hubieran matado. Cogí un autobús y me vine a esta ciudad donde vivía el ama de llaves que me enseñó a hacer las tareas para los señores, me trató como si fuera hija suya. Ella tuvo que irse de la casa al morir su madre para atender la floristería. Antes de marcharse me dio su dirección por si alguna vez la necesitaba —hizo una pausa para tomar un sorbo de agua y continuó—. me acogió como la hija que nunca tuvo. No me preguntó nada, no me reprochó nada. Me dio trabajo, me cuidó y cuidó de mi Valentina. Falleció antes del accidente. Me dejó la floristería y algo de dinero y con todo eso pude salir adelante y comprar a perpetuidad el nicho donde descansa mi hija.
— ¿Y tu familia nunca supo nada?
—No, nunca. Desaparecí de sus vidas para siempre. Eran tiempos difíciles y donde había muchos hijos para salir adelante, a los más mayores se los sacaba de casa para trabajar. Tampoco creo que los señores fueran a preguntar por mí, en el pueblo.
El tono irónico de su respuesta argumentaba toda la lógica de su proceder. Me impresionó la dureza del castigo que ella misma se había impuesto. Su vida había transcurrido en soledad; en los momentos más duros nunca tuvo a nadie aunque sólo fuera para acompañarla. El único remanso de paz debió ser el tiempo antes de que falleciera la única persona que le había ayudado. Pensé lo cruel de su vida con semejante castigo.
Cuando terminó de hablar ya no lloraba, tenía apoyaba la cabeza en el lateral del sillón, los ojos cerrados,  la respiración pausada. La sentí ligera. En su rostro se apreciaba otra luminosidad.
—Gracias por contármelo —le dije— te veré más tarde cuando me cambie de ropa—. No abrió los ojos, pero insinuó una ligera sonrisa.
Ha pasado tiempo desde entonces. Valentina había completado su historia con detalles que no modificaban lo ya contado. Una voz interior me decía que no había sido del todo. Una tarde al terminar el trabajo dudé si pasarme o no por su habitación para decirle adiós. Yo estaba cansada e irascible por lo accidentado de la tarde. Uno de los ancianos se había caído de la silla de ruedas, se había hecho una brecha en la frente y tuvo una fuerte hemorragia debido a la medicación tomaba, además había estado inconsciente durante unos minutos que se hicieron una eternidad. A pesar de ello me pasé por su habitación.
Ella estaba viendo el informativo del canal nacional. Le dije que ya me iba a casa, ella, sin despegar la vista de la televisión, me dijo que hasta mañana, que descansara. No me gustó que no me mirara, ni el tono y no se me ocurrió mejor idea que lanzarle la pregunta que me rondaba por la cabeza, desde que ella me contara su vida.
— ¿Me autorizas a buscar información sobre el padre de la niña?
Entonces sí que me miró a la casa para decirme un no rotundo. No era ni mi día ni el momento.
—Solo saber si vive— insistí.
—Las cosas están bien así.
— ¿No tienes curiosidad por saber que ha sido de ellos?
—Ninguna.
—No lo entiendo.
— Yo sí – replicó en una actitud de no saber si seguir o quedarse ahí?
Tuve la sensación de que se arrepentía de haber dado aquella respuesta, no sé si porque daba a entender algo o porque no quería hablar.
— Tu respuesta me ha sonado a evasiva—, le dije. Estaba claro que algo se guardaba. No me cabía en la cabeza que hubiera vivido sin acordarse, sin saber nada de su propia familia. De una hermana o de un sobrino o de una prima y sobre todo de Sebastián, el padre de su hija. Que no hubiera sabido nada de él, podía ser, pero que no confesara siquiera que había pensado en él o que no hubiera deseado saber algo, no me lo podía creer.
A aquellas alturas teníamos la confianza suficiente para hablar de ello. Como vulgarmente se dice me lancé a piscina a pesar de estar cansada por el trabajo. Le dije que estaba convencida de que se callaba algo, que era su decisión, pero que yo no me creía que hubiera vivido sin tener ninguna noticia de nadie y esto por el simple hecho de que el ser humanos es curioso por naturaleza.
—Lo mejor que podrías hacer por tu persona es reconciliarte con los fantasmas del pasado—. Se lo solté después de darle un peso en la mejilla, dispuesta a marcharme.
— No es necesario que busques a Sebastián. (continuará)
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22 abril 2016

MÁS ALLÁ DE VALENTINA (3 de 5)

Un 16 de junio de 1963 salimos de Alhucemas. Andrés y yo éramos gemelos, teníamos diez años cuando concluyó la independencia de Marruecos. A los funcionarios de abastos los trasladaron a otros puestos en la península. El destino de mi padre fue el de enterrador en un cementerio situado en la zona más alta de una ciudad del Norte, donde se juntaban todos los vientos. Para fortuna nuestra llegamos con buen tiempo, pero durante los inviernos el frío de la nieve de las montañas se convertían en cuchillas sobre el rostro y sus silbidos no respetaban las horas de sueño.
Al día siguiente de nuestra llegada salimos a jugar al exterior. Queríamos saciar la curiosidad que nos invadía desde que en el barco nuestra madre nos dijo que íbamos a vivir en una casa junto al cementerio.
Las puertas de hierro forjado estaban abiertas. Traspasamos el arco de medio punto que daba paso al interior. De allí nacían varias calles de tierra entre tumbas de granito coronadas algunas por grandes cruces; otras recorrían bloques de nichos bajo porches. Las lápidas de mármol exhibían fotografías en blanco y negro de hombres y mujeres enterrados tiempo atrás. Leíamos sus nombres, nos inventábamos sus vidas, su forma de morir. Los que se mostraban serios decíamos que habían sido malos, en cambio los que sonreían, esos habían sido buenos.
—Mira qué lápida.
—Es una niña. Se han olvidado de poner el segundo.
— ¡Qué va! Eso es porque era pequeña.
En el centro de la parte superior de la lápida, había una fotografía de una niña con trenzas con lazos. Sonreía. A juzgar por la fecha había sido enterrada quince días antes de nuestra llegada. Los floreros que colgaban a ambos lados de la lápida estaban vacíos. Ni siquiera una corona de flores.
— ¡Mira! Se llama Valentina, como tú y sólo tenía tres años —dijo mi hermano.
— ¿De qué habrá muerto?
—De tuberculosis, seguro.
—O de enfermedad.
—La tuberculosis es una enfermedad, tonta.
—Que no me llames tonta —grité— ¡eres imbécil!
Aquello de tener el mismo nombre que aquella niña enterrada hacía pocos días no me hizo ninguna gracia. Me dio miedo porque pensé que yo me iba a morir al día siguiente. Eché a correr. No sé exactamente por dónde fui, solo recuerdo que me escondí detrás de una tumba donde una escultura de piedra representaba a un anciano que arrancaba las hojas de un libro.
—No te enfades anda ven que no eres tonta, que ha sido una broma.
El miedo hizo que me tragara el enfado y saliera de mi escondite. Volvimos a la lápida de la niña de las trenzas.
— ¿Por qué no tiene flores?
—Se habrán secado.
—No. Estarían las flores secas.
—Seguro que no le han puesto.
— ¿Por qué no le habrán puesto flores? Mira todas tienen.
—No sé. Se me ocurre una idea: vendremos todos los días para ver si viene alguien ¿vale?
— ¿Y si un día nos encontramos con sus padres?
—Si vienen sus padres no pasa nada. Los veremos y punto.
— ¡Vale, vendremos a vigilar!
Cada tarde a la vuelta del colegio, mi madre nos obligaba a lavarnos las manos antes de merendar, cosa que hacíamos cuanto antes para irnos a la calle. Con el bocadillo de mortadela en la mano nos íbamos a la tumba del ángel de mármol, el que con un dedo sobre los labios pedía silencio. Desde allí podíamos vigilar sin ser vistos la tumba de Valentina, con la esperanza de encontrar a alguien frente a la lápida. Pasó el verano. Llegó el viento del norte que arrancaba todos aquellos sonidos metálicos que oíamos por las noches en el interior de la casa. Nunca vimos a nadie que la visitara ni le llevara flores. Las primeras noches me costó conciliar el sueño. Pensaba que aquella niña olvidada en su tumba iba a venir a mi habitación. A pesar del frío nosotros continuamos con nuestros juegos por el cementerio entre historias que nos inventábamos sobre la vida de los muertos o hacíamos carreras por los porches de nichos.
— ¡A ver quién va más allá de Valentina!
— ¡Gallina el que no llegue!
A mi hermano le encantaba desafiarme. Los días que anochecía tan pronto, el sonido metálico nos daban mucho miedo pero el reto era mayor. Pasar del nicho de Valentina era ya una hazaña. A veces íbamos más lejos, otras simplemente no llegábamos.
A mediados de octubre, aumentó el ir y venir de los familiares de los difuntos para limpiar las tumbas. Nadie fue a la de Valentina. Llegó el día de Todos los Santos y desde muy temprano nos apostamos en la tumba del ángel que pedía silencio, con la esperanza de ver llegar a sus padres, o a sus abuelos o a algún tío suyo. Estábamos decididos a preguntarles qué le había pasado a la niña. Pero nadie fue, ni ese año ni ninguno de los que estuvimos allí viviendo. Andrés y yo llegamos a la conclusión de que no tenía más familia que sus padres y que éstos estaban en la cárcel porque ellos la habían matado. Por eso cuando veíamos flores frescas en otras tumbas, elegíamos las que más nos gustaban y se las poníamos a ella. Sin ser conscientes de ello, Valentina desde su tumba se convirtió en nuestra compañera de juegos. Años más tarde nos fuimos a vivir al centro de la ciudad. Nunca nos olvidamos del cementerio ni de aquella niña que se llamaba como yo y a la que nadie iba a visitar. Los primeros años después de la muerte de nuestros padres íbamos a visitarlos y llevábamos flores para ellos y también para la niña. Poco a poco las visitas se espaciaron por el propio discurrir de la vida.
Ella me escuchó sin hacer una sola pregunta. Nuestras elucubraciones infantiles le arrancaban alguna sonrisa. Cuando dije que a su hija no le faltaron flores dejó escapar un suspiro y se quedó mirando al vacío.
— ¿Por qué volviste al cementerio? —preguntó sin modificar su mirada.
—Debió ser un impulso provocado por alguna fuerza que desconozco.
— ¿Has encontrado lo que querías?
—Sólo una parte. Me faltan respuestas todavía.
—Algún día — respondió— ahora no.
—Entiendo.
—Han pasado tantos años...

                                                           (Continuará)
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17 abril 2016

MÁS ALLÁ DE VALENTINA (2 de 5)





Dos días después volví al trabajo. Soy gerontóloga y trabajo desde hace tiempo en una residencia de la tercera edad, en el centro de la ciudad. Mis compañeros me dieron el pésame nada más llegar, lo mismo que la dirección. Los residentes lo hicieron a lo largo de la jornada. Todos menos Valentina que mostraba un aislamiento mayor. Pasaba más tiempo en su habitación la cual solo abandonaba para ir al comedor. Seguía llevando el mismo libro cerrado que abría cuando se acercaba alguien para no tener que saludar, el libro escudo como yo solía decirle en plan de broma.
  Unos días después de mi regreso ella entró en el comedor cuando el primer plato ya estaba servido. Tomó un poco de paella y se dejó casi todo el pescado. Había la tarta de chocolate, como todos los domingos,  de la que no probó bocado. Le dije que si no le apetecía se la guardaba en el frigorífico para que se la tomara después de la siesta. Aceptó sin mucho entusiasmo.
Hora y media más tarde llamé a su puerta. Como no respondió la abrí despacio por si aún dormía.  Encontré la cama vacía pero la puerta del cuarto de baño estaba entreabierta. Me asomé por si le ocurría algo. La vi apoyada en el lavabo de espaldas al espejo. Se enjugaba las  lágrimas con un pañuelo de tela.
— ¿Qué ocurre Valentina? Vamos a la habitación y te sientas—. Le dije tuteándola por primera vez. Entonces ella se abrazó a mí.
—Lo siento, lo siento tanto. Discúlpame.
— ¿Disculparte? No tienes por qué.
Una vez en la habitación se acomodó en su sillón de flores, junto al balcón.
Siento mucho la muerte de tu hermano. Es una desgracia perder a un ser querido. Me cuesta tanto dar mis condolencias cuando alguie fallece… Se tapó la cara con las manos y volvió a llorar
— ¿A quién has perdido tú? —le pregunté de manera instintiva. Como movida por un muelle dio un respingo. Me miró. En sus ojos enrojecidos aún con lágrimas  había sorpresa, miedo, como si ella misma se preguntara qué era lo que yo sabía. Pasamos un rato en silencio. De tanto en tanto se sonaba la nariz, yo esperaba no sabía muy bien qué.
—Fue hace tiempo.  Mi pobre mi niña. Ahora tendría tu edad.
— ¿Tu niña?
— ¿Por qué me obsesionaría tanto con la limpieza, los horarios de trabajo? Estaba sola, tenía un negocio que atender. ¿Por qué se acercó a la ventana, por qué no me di cuenta? Era temprano y limpiaba la casa. Las ventanas estaban abiertas. La niña se acercó... si la hubiera visto...
—Lo siento, lo siento mucho— acerté a decir.
—Mi hija está y ha estado mejor sin mi presencia, todo fue culpa mía.
—No digas eso, fue un accidente, igual que te paso a ti le pudo pasar a su padre o a otra persona. No te culpes por ello.
—! Su padre! —Exclamó— Su padre nunca supo que tenía una hija.
— ¿Cómo?
—Sí, soy era soltera y lo sigo siendo, pero él no lo supo… ahora… no quiero hablar de ello, ahora no. ¿Cómo le iba a llevar flores? —continuó—. Aquel día me desperté tarde, le di el desayuno deprisa, después la vestí. Yo aún sin desayunar me puse a recoger la casa. Abrí la ventana... Nunca ha tenido unas flores en su nicho.
Saqué el móvil del bolsillo de la bata, busqué en él lo que quería y le mostré la pantalla. La observó en silencio. Tras unos segundos escondió la cara entre sus manos y volvió a llorar. Cogí el taburete del cuarto de baño y me senté frente a ella.
— Es la lápida de tu hija ¿verdad? —Noté cómo se tensaban todos los músculos de su cuerpo.  Asintió con un ligero movimiento de cabeza mientras unas lágrimas se le escapaban por las mejillas.
— ¡Tiene flores!
Me miró con la boca entreabierta como nunca me había mirado hasta entonces. Sus ojos lanzaban las preguntas que no acertaba a pronunciar.
Entonces le hablé de mí, de mi hermano, de dónde habíamos vivido cuando éramos pequeños. De todas las preguntas que nos habíamos hecho nosotros. (Continuará).  
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15 abril 2016

MÁS ALLÁ DE VALENTINA (1 de 5)

A veces unas muertes dan respuesta a los interrogantes de otras muertes. Así ocurrió cuando mi hermano Andrés falleció. Todas las incógnitas que acompañaron nuestros juegos de infancia se desvelaron al día siguiente de su entierro. El dejó de luchar contra la enfermedad en las primeras horas del 16 de junio de 2013 por lo que su entierro tuvo lugar al día siguiente. Al acabar el funeral el cortejo discurrió por la zona nueva del cementerio, encabezado por el coche fúnebre seguido por mi cuñada, Irene, y por mí. Detrás nos acompañaban familiares, amigos, compañeros de trabajo, vecinos.
Caminaba cogida del brazo de Irene en medio de un silencio quebrantado por los pasos sobre el asfalto. Durante unos segundos cerré los ojos enfrentados a la luz. Sentí una ligera brisa en el rostro. Tomé aire para recibir las imágenes que se agolpaban en mi memoria: la casa, mis padres, mi hermano y yo de pequeños. Aquellos segundos contuvieron todo el tiempo que estuvimos viviendo no lejos de donde me encontraba en aquel momento.
Aquella noche fui a dormir a casa de mi cuñada. La emoción de cada abrazo, de cada beso, las lágrimas de otros, las mías se hicieron sentir de tal modo que tardé en conciliar el sueño. A la mañana siguiente nos levantamos pasadas las doce, todavía con dolor de piernas, sin ganas de hacer nada. Comimos en un restaurante cercano. Casi no hablamos.
-Necesito estar sola -dijo Irene al terminar comida. Estaba serena a pesar del dolor. Yo también necesitaba estar sola. Nos despedimos al salir del restaurante, Irene se encaminó hacia su casa y yo me fui calle adelante sin pensar hacia dónde iba a ir.
Veinte minutos después llegaba al cementerio. Pasé por el edificio que fue nuestra casa convertido en oficinas. Atravesé la puerta de arco de medio punto. El olor de los cipreses me envolvió entre la quietud de aquellas esculturas de formas etéreas que pedían silencio ante la muerte. El ángel de mármol de la tumba donde Andrés y yo íbamos a merendar seguía igual, las inclemencias del tiempo no habían dañado. Caminaba sin pensar, casi sin respirar. Era como si el tiempo no hubiera pasado, como si yo tuviera diez años y percibiera las mismas sensaciones que cuando entré allí por primera vez. Eran las mismas sensaciones que cuando descubrimos el nicho de la niña muerta a la edad de tres años. Mis pasos me llevaron ante la lápida de mármol blanco ajada por el azote del viento. Los floreros vacíos. Instintivamente busqué flores en otras tumbas. Las dispuse a ambos lados de la lápida. Di unos pasos hacia atrás para comprobar el efecto. Me acordé de mi hermano, como si me dijera otra vez que se llamaba como yo. Las flores parecían agrandar aquellas letras talladas en el mármol: “Valentina Silva. Nacida el 4 de febrero de 1960 y fallecida el 2 de junio de 1963”. Mi corazón empezó a latir con fuerza. Saqué el móvil del bolso e hice una fotografía. (Continuará...)
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11 abril 2016

BOSTEZOS EN EL UMBRAL


TRES


   ¿Quién viene de la certidumbre?

    En el alfeizar de los meses oscuros

   bajo el hielo, sangrante de oro

   duerme el olivo.

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CANÍCULA

El viento del crepúsculo
alegra mi cuerpo

desde las sombras

viviré hasta el mediodía
en el refugio de vísperas

seré rescoldo de carne
nuevamente dormida.

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04 abril 2016

EL ANILLO (tercera y última parte)

- III -
A la inspectora no le sorprendió la reacción de Isabel, de hecho la esperaba y también la temía. Por eso le resultaba tan difícil aquella visita.
— ¿Quién es usted? ¿Cómo ha llegado eso a sus manos?
—Siento que haya tenido que pasar por este momento. Soy inspectora de policía. En cuanto a la joya, por el momento te diré, disculpa que te tutee, es mejor así. —hizo una pausa para dar tiempo a la recuperación de Isabel— que ha llegado a mí de forma legal. Se trata del anillo de mi madre. Sé que te lo robaron y que no lo denunciaste. Isabel abrió los ojos de par en par.
— ¿De tu madre?
—Sí, Osca y yo somos hermanos, aunque supongo que no te habrá hablado de mí. Nuestra relación siempre ha pasado por altibajos.
—No quise denunciar su desaparición. —dijo con cierto sentimiento de culpa.
—Sí, sí, ya sé porqué no lo hiciste, tranquila, lo importante para mí ha sido ver tu reacción. Era la que esperaba para comprobar que realmente tienes ese problema.
— ¿Quieres explicarme de una vez qué haces aquí con eso en la mano y qué tienes que ver en todo esto? Eres la hermana de Oscar y no quiero saber nada de él.
—Deberías saber.
—Por qué voy a querer, a ver, por qué, si se lo ha tragado la tierra. Él fue quien me dejó.
—No sabes los motivos.
—Ahí te doy la razón. La verdad es que no los sé, porque la sarta de tonterías que me dijo no le justifica en absoluto.
—Todo tiene explicación. Mi hermano, estos momentos, lo está pasando muy mal.
—Por mí que se joda
—Él fue quien te robó el anillo.
— ¡Cómo! —levantó la voz y la inspectora le hizo señas con la mano para que bajara el volumen.
— Vale, muy bien, él la robó. Joder, qué sentido tiene.
—Hiciste bien en no formular la denuncia, —continuó Miranda— porque sino las cosas se le hubieran complicado más. Oscar es una buena persona pero se metió en deudas peligrosas. Un compañero de trabajo era su camello y como se tenían confianza, cuando Oscar iba falto de dinero le prestaba. El otro estaba también en apuros, porque los de arriba le presionaban para cobrar. El día que rompió contigo, en realidad no era su intención, fue la excusa para poner a buen recaudo esta joya. El sabía que no te la pondrías y que la esconderías para no verla. De esta forma quedaría a salvo.
—El muy cabrón, y aún dices que lo está pasando mal. Se lo merece. Utilizarme de esta manera.
—En cierto modo así ha sido. El anillo es de lo poco que conserva de la herencia. El quería regalártelo pero no así. Su idea era sacar el brillante, fundir el oro y hacer uno nuevo, sin la araña.
El día que se la llevó al trabajo con la finalidad de ir a una joyería cercana al edificio de la empresa, por descuido de Oscar, el compañero la vio. Le presionó para que se la diera a cambio de lo que le debía. Entonces se le ocurrió que la única forma de conservarla era hacer lo que hizo.
—Pero el rompió. Dijo que se iba. No me vale lo que dices.
—Por supuesto, no es muy edificante lo que hizo, ni tampoco que consumiera coca ¿no te lo dijo, verdad?
—No, aunque tenía la mirada algo triste ¡claro ahora se por qué! será cabrón.
—El compañero —continuó— le amenazó. De hecho le mostró un arma que tenía en el cajón de la mesa: una pistola pequeña de esas que salen en las películas y que llevan las señoras en bolsos pequeños. Aprovechó el momento que se quedó solo en la oficina para venir al museo. Te dio el regalo y después se fue a alojar un hostal de la zona sur de la ciudad. Permaneció allí dos días. Después volvió al museo como un visitante más. Sabía dónde estaba el vestuario y cuál era tu taquilla, porque allí habéis pasado unos buenos ratos cuando te venía a buscar a la salida.
Miranda sonrió, Isabel bajó la vista ante aquel comentario que hacía referencia a ciertos momentos íntimos.
—Con el estuche en su poder —continuó como si no se hubiera dado cuenta de la turbación— fue al Jardín Botánico para esconderse y desde allí me llamo al móvil. Me pidió ayuda. Media hora después nos encontrábamos en mi casa.
— ¿Está en tu casa? Por qué no me contó nada, le hubiera ayudado.
—Tenía que montar la historia para que pareciera real, porque el camello no se iba a quedar quieto.
—Entonces le has ayudado.
—Sí, pero con la condición de que se pusiera en tratamiento. Quedamos en que entraría en un centro que yo le proporcionaría y a partir de ese momento hasta que se recuperara yo gestionaría lo que le queda.
—Me importa una mierda.
—Comprendo. El motivo real de mi visita no es devolverte el anillo. Quería comprobar que era verdad tu fobia y que era motivo suficiente para fundirlo y hacer uno nuevo. Para mí tiene valor sentimental y debería ser mío, pero mi madre dejó en su testamento que fuera para mi hermano. La decisión me disgustó, lo admito, pero acepté su voluntad. Y como desde hace tiempo que pongo en entredicho lo que Oscar me cuenta, he venido a conocerte.
—Y te habrás quedado tranquila ¿verdad? ¡No salgo de mi asombro!
—Si tu le perdonas le gustaría retornar la relación, te quiere de verdad, eso me lo ha demostrado.
—Déjame, vete de aquí.
—La fobia a las arañas es de las que más personas padecen. Conozco un especialista que podría ayudarte.
—He dicho que te vayas. ¡Fuera!
Miranda dejó sobre la mesa una tarjeta de visita. Podía llamarla cuando quisiera. Le pidió disculpas en nombre de su hermano y en nombre propio por haber irrumpido en su trabajo y en su vida. Después abandonó la salita cerrando la puerta tras de sí.

Veinticinco días después, al terminar la jornada fue al vestuario para cambiarse. Tras ducharse se dejó la toalla enrollada en el cuerpo. Se sentó en uno de los bancos y se comió el bocadillo que había preparado por la mañana. A continuación se vistió con un pantalón, una camiseta de manga larga y un jersey de lana, todo en tonos tostados. Se maquilló. Se puso unas gotas de perfume en cada muñeca. Del bolso sacó el móvil y marcó el número que figuraba en la tarjeta que veinticinco días atrás le había dejado Miranda sobre la mesa de la salita.
--- FIN --- 
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01 abril 2016

EL ANILLO (segunda parte)

- II -
Dos meses atrás le habían robado el anillo pero ella no lo denunció. Ni siquiera le dijo a nadie que lo tenía oculto en la taquilla del vestuario. El robo le solucionaba un problema, pero le inquietaba no saber quién había sido. Sus sospechas iban dirigidas a los compañeros de seguridad, tal vez los de la cabina de monitores les hubieran visto juntos, a Oscar y a ella, el día que éste se lo regaló. Fue el mismo día que rompieron. El selló la ruptura con una joya que ella no llevaría nunca, ni siquiera podría mirarla.
Una mañana se presentó en el museo cuando se encontraba en la entrada de la sala de entomología. Le entregó el estuche con un lo nuestro no tiene futuro pero quiero que conserves este regalo en recuerdo de todos los buenos momentos que hemos pasado juntos. Le pidió que no lo abriera en aquel momento que esperara a estar solar. A ella se le tensaron los músculos y endureció el rictus de la cara para no llorar. Estaban prometidos desde hacía seis meses y se querían o al menos eso creía. Su relación iba bien y no se podía imaginar que él rompiera de aquella forma. Toda explicación fue que se iba a los Emiratos Árabes para dirigir el montaje de una empresa de aparatos de aire acondicionado. Que no iba a poder viajar a España en los próximos dos años. Y como la quería no deseaba que perdiera el tiempo con él. Por todas esas razones la dejaba. Su fobia no le dejó hablar y un escalofrío le recorrió la espalda cuando guardó el regalo en uno de los bolsillos del uniforme. Y él perdió entre las vitrinas del museo.
Cuando la empresa de seguridad la destinó al Museo de Ciencias Naturales supo que lo pasaría mal. A fuerza de empeño había conseguido no gritar ni salir corriendo, como ocurría cada vez que veía una araña. El único remedio era no mirar, hacer el recorrido de sala en sala con arreglo a los protocolos establecidos. Cuando se acercaba a la zona de entomología respiraba hondo, miraba al suelo, pasaba entre las vitrinas repletas de insectos hasta la sala siguiente y esperaba a que la taquicardia y el sudor de las manos desapareciesen. Cada vez se recuperaba antes.
A las tres de la tarde, antes de salir, fue a cambiarse de ropa. Abrió el estuche. Oscar conocía el problema. No entendía por qué le hacía un regalo cuando cortaban y que además era un anillo, que según le dijo, formaba parte de su herencia y por si fuera poco llevaba un brillante incrustado en el lomo de una araña. Sus gritos inundaron el interior del vestuario. Nadie oyó los lamentos, ni el ruido que hizo el estuche cuando lo lanzó contra la pared para ir a parar junto a la ducha. Ella fue deslizando la espalda por la pared hasta quedarse sentada en el suelo. Lloró en silencio. ¿Cómo era posible que le regalara un araña si conocía el miedo que les tenía y que lo utilizara para romper con ella; ¿Por qué el anillo de su madre? ¿Qué clase de persona era. Era la misma con la que había hecho el amor, con la que había viajado, compartido secretos de infancia? ¿Era todo cierto? Nunca comentó que tuviera la posibilidad trabajar fuera de España. Nada tenía sentido.
Una hora después, más calmada recogió del suelo el anillo, con la cabeza vuelta hacia otro lado para no verlo, lo metió en el estuche y lo escondió en el fondo de la taquilla bajo una camiseta vieja de repuesto. Allí se quedaría para siempre.
Los días siguientes los vivió como en una nube. Ella le llamó por teléfono, fue a su casa para pedir una explicación, pero ante la falta de respuesta desechó llamarle o ir a su despacho. Dos días después se encontró la taquilla forzada y el estuche con su contenido habían desaparecido.
(continuará)
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