23 marzo 2016

Por las existencias del olvido

Nunca hubiera sabido de Cecilia si no hubiera sido por las cartas que encontré en el armario del recibidor. Hace apenas tres meses que soy propietario de un pisito de segunda mano en el centro de Teruel.
Por ellas supe que Cecilia tenía los ojos y el pelo negro, que era muy guapa, que pasaba los veranos en Murcia o tal vez entonces viviera en Murcia por motivos que desconozco. Por ellas supe que leía y escribía en francés, que su conversación captaba la atención de sus interlocutores. Y por ellas supe que en las tardes de verano frecuentaba las tertulias del Casino cuando acompañaba a su padre viudo, donde conoció a algunos jóvenes con los que mantuvo correspondencia. Deduje que su familia estuvo relacionada con el ejército pues un hermano suyo,mayor que ella, tal vez el único que tuviera, fue militar de alta graduación y esto no lo supe por las cartas sino por una esquela enrollada como un pergamino, de tamaño DIN A3·que encontré junto a ellas.
Cecilia se enamoró de Floro, un joven asturiano que participaba en las tertulias del casino Murcia. Se inició una amistad que pronto se convirtió en amor. Se prometieron poco antes de que él regresara a su tierra. La relación continuó por carta, las mismas cartas que todavía conservo y en las que le decía cuánto la quería, que formaba parte de sus sueños, lo que deseaba volver a verla, que contaba los meses para volver a Murcia.
Un día, Cecilia recibió una carta diferente. Entre mil perdones y lamentos estampados en aquel papel amarillento, rompía el compromiso. En pocas semanas habría de casarse. Según le decía odiaba a la que iba a ser su esposa. Le explicaba que su familia estaba al borde de la ruina, que su futuro suegro, hombre de fortuna, había prometido hacer una fuerte inversión si se casaba con su hija. Tenía que salvar a toda costa a su familia de la humillación y evitar toda deshonra. Esperaba que ella lo entendiera. En la última frase de aquella la última carta le decía que la llevaría siempre en su corazón.
De poco le valió a Cecilia ir en su corazón cuando los años siguientes vivió sola. A juzgar por otras cartas tuvo un par de relaciones más. El tono de estas misivas no era el mismo que el de Floro. Debió vivir la mayor parte de su vida sola en aquel piso del centro de Teruel, de cincuenta metros cuadrados donde se ganó la vida como modista, a juzgar por las muchas bobinas de hilo, telas, retales, figurines y revistas de moda pasadas de fecha que había en el armario del recibidor. Conforme encontraba más pertenencias suyas más me convencía de que habían estado allí todo ese tiempo a la espera de que algún día, alguien las rescatara del fondo del armario. Por alguna razón o la casualidad o el destino o por todo ellos quisieron que salieran a la luz para que la vida de Cecilia no quedara en el olvido.
A los noventa y dos años la enfermedad la llevó a vivir en una residencia a la cual donó el piso. Tenía ciento siete años cuando falleció. Poco después yo adquirí el piso. Cuando tuve las llaves en mi poder, fui al piso para valorar lo que se necesitaba hacer para poner la vivienda en óptimas condiciones de habitabilidad.
Eran las cuatro y veinticinco horas de una tarde cualquiera. La ventana de doble hoja del salón estaba entreabierta; hollín y hojas secas por el suelo; las cortinas que alguna vez debieron ser blancas estaban ennegrecidas. Sobre una mesita auxiliar de estilo clásico, ahora se llamaría vintage, y que debió ser de caoba, reposaban revistas del corazón de 1985. En el dormitorio la cama parecía recién hecha aunque sólo cubría el colchón una cubierta de color azul celeste. En el armario dos vestidos de raso gris y tocados a juego.
Fui a la cocina. El vello de los brazos se me erizó. Sentí frío. El reloj de la pared se había parado un día cualquiera quince años atrás a las cuatro y veinticinco.
MJG 23/03/2016
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