15 marzo 2016

CELOS O VENGANZA

Atada de pies y manos yacía sobre la cama. Tenía varios golpes en la cabeza. La sangre derramada por la almohada había salpicado el camisón de raso blanco. Sus ojos abiertos mostraban el horror, sin embargo no era lógico que tuviera la boca cerrada. La víctima, Francisca García García, debía asistir el 1 de mayo por la mañana, a la Primera Comunión de un sobrino Pedro pero no acudió ni a la iglesia ni al restaurante. Sus familiares le telefonearon varias veces sin obtener respuesta. Fueron a su casa y abrieron con la llave que les había dado su hermana. Avisaron a la policía en cuanto vieron el cadáver y los agentes comprobaron que la puerta no estaba forzada. Todo estaba en orden. El robo como móvil del crimen se descartó enseguida, por lo que el grupo de homicidios trabajó con la hipótesis de que el asesino era alguien cercano a la víctima, puesto que Francisca era muy precavida y no habría la puerta a nadie que no conociera. Así lo declararon sus familiares.
En un despacho de la primera planta de un antiguo convento rehabilitado para albergar la Comisaría de Policía, el Inspector Ramírez repasaba los detalles del caso. Miró el reloj. Tenía tiempo para fumar un cigarrillo antes de que llegaran los subinspectores Barrachina y Montalvo. Dio una calada y se apoyó en el respaldo del sillón de piel mientras miraba los documentos que tenía delante. Confiaba en que fueran lo suficientemente impactantes para que Amparo, hermana de la víctima y única sospechosa, confesara su crimen. La luz entraba por la ventana e iluminaba las volutas de humo sobre los papeles. Se pasó la mano por la cabeza tras exhalar. Pensó que ya habían pasado quince días sin conseguir una confesión. Unos golpes en la puerta le sacaron de su mutismo.
-¡Adelante!-dijo a la vez que apagaba el cigarrillo- Tomen asiento, por favor. ¿Donde está la detenida?
- En la sala de interrogatorios, como usted dijo.
- Barrachina échele un vistazo a estos documentos, corresponden a la solicitud de adopción del muchacho por parte de la víctima su tía. Como verá están sin fechar, firmados por ella y a falta de la firma de Amparo. Lo que sugiere que la víctima iba a adoptar al muchacho pero no tuvo tiempo. Enfoquen por ahí el interrogatorio y a ver que sacamos.
- Descuide Inspector.
-Montalvo, cuando usted habló con Pedro, el hijo de la acusada, le oyó referirse a la víctima como “mi mamá”. Su madre es la detenida, no la muerta. Por tanto, también hay que incidir en ese detalle.
- De acuerdo.
-Lean antes estos los papeles, creo que son la clave. En quince minutos estoy detrás del cristal. Tengo que hacer unas llamadas. Ya saben: “poli bueno” y “poli malo”. Esta vez quiero una confesión. Y recuerden nada de agua hasta que yo entre ¿de acuerdo?
Los subinspectores le respondieron con una sonrisa que delataba la complicidad de una estrategia llevada a cabo en otras ocasiones con éxito.
Salieron del despacho y Ramírez llamó por teléfono a los Servicios Sociales para darles los datos del muchacho. Después llamó a un agente para darle orden de llevar una jarra de agua y un vaso a la sala contigua a la de interrogatorios. Colgó el teléfono. Se remetió los jarapos en el pantalón. Sobre los correajes de la pistolera se puso la americana. SE atusó el pelo antes de salir del despacho..
Tras el cristal, el Inspector observaba el trabajo de sus hombres. Oía las preguntas que le hacían a Amparo y ella repetía una y otra vez que “cómo iba a matar a su hermana, lo buena que era y lo bien que había cuidado de su hijo”. Montalvo le hizo una nueva pregunta poniéndole delante los documentos que les había dado el Inspector.
-¿Por qué su hijo llamaba “mamá” a su tía?
Ella abrió los ojos. Empezó a temblar. La firmeza de su voz se perdió. Barrachina le decía que se tranquilizara en cambio Montalvo volvía a la carga con la misma pregunta. Empezó a llorar. En algún momento pidió agua.
Amparo y Francisca, eran hermanas gemelas. Tenían cuarenta años de edad y se habían casado el mismo día. Sus respectivos maridos eran hermanos también. La suerte no fue igual para las dos. Francisca no tuvo hijos. Disfrutaba de una saludable economía y vivía en un piso de lujo del centro de la ciudad. Refinada de gustos y vida social activa. Estaba viuda desde hacía dos años. En cambio para Amparo tener a su hijo era lo único bueno que le había dado la vida. Estaba divorciada desde hacía cinco años, de un ex-marido fugado de la justicia por no pasar la pensión. Trabajaba a tiempo parcial en una perfumería y por las noches cuidaba enfermos en un geriátrico. Mientras trabajaba era su hermana quien cuidaba del niño. Francisca, la víctima, se fue ganando el cariño de su sobrino, hasta tal punto que éste, en ocasiones, le llamaba “mamá”. En ocasiones tuvo que pedir dinero a su hermana. Esta siempre le respondió lo mismo: “si necesitas dinero firma los papeles de la adopción”. Sin poder remediarlo, vio como Francisca le quitaba el cariño de su hijo. Dos meses antes de la comunión, necesitó ayuda para afrontar los gastos y obtuvo la misma respuesta. Entonces tomó la decisión. “Ésta te la guardo”, le había dicho. La celebración sería modesta , pero ella misma se iba a encargar de que Francisca no pudiera asistir y asegurarse de que nunca le quitaría a su hijo.
La noche del 30 de abril al 1 de mayo, cuando el niño estaba dormido, fue a casa de su hermana. Entró y la despertó. Le roció la cara con un espray anti-violación. Le ató de pies y manos. Le puso en la boca un trozo de cinta adhesiva para que no gritara. Buscó en la caja de herramientas un martillo, con el que le asestó varios golpes en la cabeza, hasta dejarla muerta. Después le quitó el precinto y volvió a su casa. La satisfacción tomó forma en la cara del Inspector Ramírez al ver derrumbarse a aquella mujer y confesar su crimen. No había sido el caso mas difícil de los que había tenido. A fin de cuentas en poco mas de quince días ya tenía una confesión. Pero reconocía que le costó encontrar el cabo suelto, hasta que aparecieron aquellos documentos en el fondo del vestidor de la casa de la víctima. Barrachina y Montalvo había hecho bien su trabajo.
Ramirez entró en la sala de interrogatorios con un vaso de agua en la mano. Despidió a los subinspectores dándoles una palmada en el hombro. Se sentó a caballo en una silla, frente a la mujer. Sobre la mesa, delante de ella, dejo el vaso de agua. Le quedaba una duda: No podría precisar si los celos o la venganza habían sido el móvil. 
MJGuallart
Código de registro: 1603186934740


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