29 marzo 2016

EL ANILLO (primera parte)

- I -
En el interior del Museo Nacional de Ciencias Naturales se dirigió a recepción donde le dijeron que Isabel San Juan hacía su turno en la segunda planta. Aquella mañana Miranda estaba fuera de servicio pero la tarea que tenía por delante le resultaba más arriesgada que la detención de una pandilla de navajeros. Subió las escaleras despacio, las manos metidas en los bolsillos, la vista hacia arriba. Era la primera vez que entraba en aquel edificio que antaño había sido el Palacio de las Artes y la Industria. Alcanzó el rellano de la segunda planta. Busco con la mirada hasta que junto al corredor de la derecha identificó a la guarda jurado.
— ¿Isabel San Juan?
—Sí, soy yo, —ningún visitante se dirigía a ella por su nombre— ¿Qué desea?
—Buenos días, soy Miranda Bandrés del Cuerpo de Policía —le mostró la placa de identificación y le pidió ir a un lugar más discreto para hablar. Asintió con un gesto de cabeza, con la mano señalo una puerta cerrada cerca de donde ellas se encontraban.
Del bolsillo del uniforme sacó un manojo de llaves. Accedieron a una salita amueblada con un sofá estilo isabelino y dos sillones a juego dispuestos a cada lado del sofá. En el centro, una mesita de caoba. La inspectora entro seguida de Isabel.
—Si no le importa cierro la puerta.
—No entiendo el motivo de su visita, le ruego sea breve. Comprenda que estoy de servicio.
—Sí, me hago cargo —cada una se sentó en un sillón— Vengo a devolverle algo que es suyo.
Del bolsillo de la gabardina sacó un pequeño estuche de terciopelo granate. A Isabel se sobresaltó y comenzó a sentir taquicardias.
A la inspectora no le paso desapercibido el impacto que causaba el objeto. Lo abrió. Un anillo de oro blanco en el que sobre el cuerpo de una araña iba engarzado un brillante. Isabel dio un grito, se levantó de pronto para caer de nuevo en el sillón. La respiración se le aceleró entre arcadas y el sudor frío de las manos.
(continuará)
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23 marzo 2016

Por las existencias del olvido

Nunca hubiera sabido de Cecilia si no hubiera sido por las cartas que encontré en el armario del recibidor. Hace apenas tres meses que soy propietario de un pisito de segunda mano en el centro de Teruel.
Por ellas supe que Cecilia tenía los ojos y el pelo negro, que era muy guapa, que pasaba los veranos en Murcia o tal vez entonces viviera en Murcia por motivos que desconozco. Por ellas supe que leía y escribía en francés, que su conversación captaba la atención de sus interlocutores. Y por ellas supe que en las tardes de verano frecuentaba las tertulias del Casino cuando acompañaba a su padre viudo, donde conoció a algunos jóvenes con los que mantuvo correspondencia. Deduje que su familia estuvo relacionada con el ejército pues un hermano suyo,mayor que ella, tal vez el único que tuviera, fue militar de alta graduación y esto no lo supe por las cartas sino por una esquela enrollada como un pergamino, de tamaño DIN A3·que encontré junto a ellas.
Cecilia se enamoró de Floro, un joven asturiano que participaba en las tertulias del casino Murcia. Se inició una amistad que pronto se convirtió en amor. Se prometieron poco antes de que él regresara a su tierra. La relación continuó por carta, las mismas cartas que todavía conservo y en las que le decía cuánto la quería, que formaba parte de sus sueños, lo que deseaba volver a verla, que contaba los meses para volver a Murcia.
Un día, Cecilia recibió una carta diferente. Entre mil perdones y lamentos estampados en aquel papel amarillento, rompía el compromiso. En pocas semanas habría de casarse. Según le decía odiaba a la que iba a ser su esposa. Le explicaba que su familia estaba al borde de la ruina, que su futuro suegro, hombre de fortuna, había prometido hacer una fuerte inversión si se casaba con su hija. Tenía que salvar a toda costa a su familia de la humillación y evitar toda deshonra. Esperaba que ella lo entendiera. En la última frase de aquella la última carta le decía que la llevaría siempre en su corazón.
De poco le valió a Cecilia ir en su corazón cuando los años siguientes vivió sola. A juzgar por otras cartas tuvo un par de relaciones más. El tono de estas misivas no era el mismo que el de Floro. Debió vivir la mayor parte de su vida sola en aquel piso del centro de Teruel, de cincuenta metros cuadrados donde se ganó la vida como modista, a juzgar por las muchas bobinas de hilo, telas, retales, figurines y revistas de moda pasadas de fecha que había en el armario del recibidor. Conforme encontraba más pertenencias suyas más me convencía de que habían estado allí todo ese tiempo a la espera de que algún día, alguien las rescatara del fondo del armario. Por alguna razón o la casualidad o el destino o por todo ellos quisieron que salieran a la luz para que la vida de Cecilia no quedara en el olvido.
A los noventa y dos años la enfermedad la llevó a vivir en una residencia a la cual donó el piso. Tenía ciento siete años cuando falleció. Poco después yo adquirí el piso. Cuando tuve las llaves en mi poder, fui al piso para valorar lo que se necesitaba hacer para poner la vivienda en óptimas condiciones de habitabilidad.
Eran las cuatro y veinticinco horas de una tarde cualquiera. La ventana de doble hoja del salón estaba entreabierta; hollín y hojas secas por el suelo; las cortinas que alguna vez debieron ser blancas estaban ennegrecidas. Sobre una mesita auxiliar de estilo clásico, ahora se llamaría vintage, y que debió ser de caoba, reposaban revistas del corazón de 1985. En el dormitorio la cama parecía recién hecha aunque sólo cubría el colchón una cubierta de color azul celeste. En el armario dos vestidos de raso gris y tocados a juego.
Fui a la cocina. El vello de los brazos se me erizó. Sentí frío. El reloj de la pared se había parado un día cualquiera quince años atrás a las cuatro y veinticinco.
MJG 23/03/2016
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16 marzo 2016

378 visitas en un mes. Gracias a todas las personas que habéis pasado por aquÍ. Deseo que os haya gustado y que volváis. Si además me habéis leído muchísimo mejor.
Gracias de corazón.

15 marzo 2016

CELOS O VENGANZA

Atada de pies y manos yacía sobre la cama. Tenía varios golpes en la cabeza. La sangre derramada por la almohada había salpicado el camisón de raso blanco. Sus ojos abiertos mostraban el horror, sin embargo no era lógico que tuviera la boca cerrada. La víctima, Francisca García García, debía asistir el 1 de mayo por la mañana, a la Primera Comunión de un sobrino Pedro pero no acudió ni a la iglesia ni al restaurante. Sus familiares le telefonearon varias veces sin obtener respuesta. Fueron a su casa y abrieron con la llave que les había dado su hermana. Avisaron a la policía en cuanto vieron el cadáver y los agentes comprobaron que la puerta no estaba forzada. Todo estaba en orden. El robo como móvil del crimen se descartó enseguida, por lo que el grupo de homicidios trabajó con la hipótesis de que el asesino era alguien cercano a la víctima, puesto que Francisca era muy precavida y no habría la puerta a nadie que no conociera. Así lo declararon sus familiares.
En un despacho de la primera planta de un antiguo convento rehabilitado para albergar la Comisaría de Policía, el Inspector Ramírez repasaba los detalles del caso. Miró el reloj. Tenía tiempo para fumar un cigarrillo antes de que llegaran los subinspectores Barrachina y Montalvo. Dio una calada y se apoyó en el respaldo del sillón de piel mientras miraba los documentos que tenía delante. Confiaba en que fueran lo suficientemente impactantes para que Amparo, hermana de la víctima y única sospechosa, confesara su crimen. La luz entraba por la ventana e iluminaba las volutas de humo sobre los papeles. Se pasó la mano por la cabeza tras exhalar. Pensó que ya habían pasado quince días sin conseguir una confesión. Unos golpes en la puerta le sacaron de su mutismo.
-¡Adelante!-dijo a la vez que apagaba el cigarrillo- Tomen asiento, por favor. ¿Donde está la detenida?
- En la sala de interrogatorios, como usted dijo.
- Barrachina échele un vistazo a estos documentos, corresponden a la solicitud de adopción del muchacho por parte de la víctima su tía. Como verá están sin fechar, firmados por ella y a falta de la firma de Amparo. Lo que sugiere que la víctima iba a adoptar al muchacho pero no tuvo tiempo. Enfoquen por ahí el interrogatorio y a ver que sacamos.
- Descuide Inspector.
-Montalvo, cuando usted habló con Pedro, el hijo de la acusada, le oyó referirse a la víctima como “mi mamá”. Su madre es la detenida, no la muerta. Por tanto, también hay que incidir en ese detalle.
- De acuerdo.
-Lean antes estos los papeles, creo que son la clave. En quince minutos estoy detrás del cristal. Tengo que hacer unas llamadas. Ya saben: “poli bueno” y “poli malo”. Esta vez quiero una confesión. Y recuerden nada de agua hasta que yo entre ¿de acuerdo?
Los subinspectores le respondieron con una sonrisa que delataba la complicidad de una estrategia llevada a cabo en otras ocasiones con éxito.
Salieron del despacho y Ramírez llamó por teléfono a los Servicios Sociales para darles los datos del muchacho. Después llamó a un agente para darle orden de llevar una jarra de agua y un vaso a la sala contigua a la de interrogatorios. Colgó el teléfono. Se remetió los jarapos en el pantalón. Sobre los correajes de la pistolera se puso la americana. SE atusó el pelo antes de salir del despacho..
Tras el cristal, el Inspector observaba el trabajo de sus hombres. Oía las preguntas que le hacían a Amparo y ella repetía una y otra vez que “cómo iba a matar a su hermana, lo buena que era y lo bien que había cuidado de su hijo”. Montalvo le hizo una nueva pregunta poniéndole delante los documentos que les había dado el Inspector.
-¿Por qué su hijo llamaba “mamá” a su tía?
Ella abrió los ojos. Empezó a temblar. La firmeza de su voz se perdió. Barrachina le decía que se tranquilizara en cambio Montalvo volvía a la carga con la misma pregunta. Empezó a llorar. En algún momento pidió agua.
Amparo y Francisca, eran hermanas gemelas. Tenían cuarenta años de edad y se habían casado el mismo día. Sus respectivos maridos eran hermanos también. La suerte no fue igual para las dos. Francisca no tuvo hijos. Disfrutaba de una saludable economía y vivía en un piso de lujo del centro de la ciudad. Refinada de gustos y vida social activa. Estaba viuda desde hacía dos años. En cambio para Amparo tener a su hijo era lo único bueno que le había dado la vida. Estaba divorciada desde hacía cinco años, de un ex-marido fugado de la justicia por no pasar la pensión. Trabajaba a tiempo parcial en una perfumería y por las noches cuidaba enfermos en un geriátrico. Mientras trabajaba era su hermana quien cuidaba del niño. Francisca, la víctima, se fue ganando el cariño de su sobrino, hasta tal punto que éste, en ocasiones, le llamaba “mamá”. En ocasiones tuvo que pedir dinero a su hermana. Esta siempre le respondió lo mismo: “si necesitas dinero firma los papeles de la adopción”. Sin poder remediarlo, vio como Francisca le quitaba el cariño de su hijo. Dos meses antes de la comunión, necesitó ayuda para afrontar los gastos y obtuvo la misma respuesta. Entonces tomó la decisión. “Ésta te la guardo”, le había dicho. La celebración sería modesta , pero ella misma se iba a encargar de que Francisca no pudiera asistir y asegurarse de que nunca le quitaría a su hijo.
La noche del 30 de abril al 1 de mayo, cuando el niño estaba dormido, fue a casa de su hermana. Entró y la despertó. Le roció la cara con un espray anti-violación. Le ató de pies y manos. Le puso en la boca un trozo de cinta adhesiva para que no gritara. Buscó en la caja de herramientas un martillo, con el que le asestó varios golpes en la cabeza, hasta dejarla muerta. Después le quitó el precinto y volvió a su casa. La satisfacción tomó forma en la cara del Inspector Ramírez al ver derrumbarse a aquella mujer y confesar su crimen. No había sido el caso mas difícil de los que había tenido. A fin de cuentas en poco mas de quince días ya tenía una confesión. Pero reconocía que le costó encontrar el cabo suelto, hasta que aparecieron aquellos documentos en el fondo del vestidor de la casa de la víctima. Barrachina y Montalvo había hecho bien su trabajo.
Ramirez entró en la sala de interrogatorios con un vaso de agua en la mano. Despidió a los subinspectores dándoles una palmada en el hombro. Se sentó a caballo en una silla, frente a la mujer. Sobre la mesa, delante de ella, dejo el vaso de agua. Le quedaba una duda: No podría precisar si los celos o la venganza habían sido el móvil. 
MJGuallart
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04 marzo 2016

UNA HISTORIA DE NAVIDAD

Dedicado a R. Guallart 
UNA HISTORIA DE NAVIDAD
Personajes:
Susana, hija, veinticinco años.
La madre, unos cincuenta años.
El padre, unos cincuenta años
Luis, hijo unos 18 años.
ACTO UNICO
ESCENA I
Se levanta el telón:
Un salón comedor decorado con motivos navideños. Delante de la ventana hacia el centro del escenario una mesa  de comedor circular. A la izquierda un árbol de navidad y un sofa, a la derecha una puerta de dos hojas de cristal.
Susana Retoca los adornos del árbol de navidad. La madre coloca los cubiertas en la mesa.


La madre: La cena ya está, solo queda dar un calentón a la sopa. A ver si viene tu padre. ¿Has metido el coche en el jardín?
Susana: Sí, también he sacado del coche a Bogar para que corra un poco. El pobre no ha salido en toda la tarde del coche. Lo meteré antes de que llegue papá.
La madre: ¿Lo has sacado del coche? Tu padre está a punto de llegar. Ya sabes lo que te dijo.
Susana: Me acuerdo, tranquila que no se me olvida. (Imita a su padre) Que no pisaría su casa ni su jardín.
ESCENA II
Se oyen ladridos, entra Luis que se dirige a su madre y le da un beso.
Luis:Tu perro ladra (se sienta en el sofá) ¿Está suelto verdad? (con ironía) Como lo vea nuestro querido padre tendremos bronca. Lo sabes ¿No?
La madre: Luis no me gusta que le hables a tu hermana en ese tono. Susana Vete ahora mismo a meter el perro en el coche.
Susana: ¡Dios que familia!¿Es que no hay forma de que papá se ablande un poco? Mamá ¿no podrías hacer algo? Es una barbaridad que Bogar tenga que vivir dentro un coche.
Luis: (a Susana) Si no te hubieras empeñado en tener perro...
La madre: Eres muy terca, sabes que tu padre no ha querido nunca tener perro. (A parte) Son los dos iguales.
Luis: (a Susana) Solo piensas en ti. Por tu culpa tenemos que aguantar las broncas de papá. Sí, por tu culpa.
Susana: Es que no entendéis nada. Vivimos en un chalet a las afueras de la ciudad, sin vecinos, con un jardín grande y papá no quiere perro. Solo piensa en él. Debería darse cuenta de la seguridad que da tener un perro. Por las noches dormiríamos más tranquilos. Por no hablar del cariño que dan y la compañía que hacen.
La madre: (A Susana) Que vayas ahora mismo a recoger al perro.
Luis: (A Susana) Se te olvida que tenemos alarma conectada a la policía.
(Susana da un respingo y sale)
ESCENA III
La madre termina de poner los cubiertos y retoca la posición de los platos y las servilletas.
La madre: No quiero una discusión esta noche.
Luis: Siempre se hace lo que él dice, mamá ¿No cuenta tu opinión?
La madre: Lo que opino en este momento es que es Noche Buena y no quiero discusiones ni broncas. Ya he intentando convencerlo, pero nada, ya lo ves. Y bien sé que le gusta el perro. Sí, le gusta, porque ayer por la tarde le vi desde desde la ventana de la cocina como se acercaba al coche de tu hermana. El perro estaba en el interior. Estuvo un rato mirándolo. Pero aún así no da su brazo a torcer...
Luis: (se levanta y se acerca a su madre que sigue al lado de la mesa) Además él tuvo un perro según creo. Por cierto, Bogar se come los asientos. Esta todo que da asco.
La madre: Ya lo he visto, pero eso es asunto de tu hermana, no podemos hacer nada.
ESCENA IV
Se oye la puerta de casa, entra El padre. Lleva en la mano una botella.
El padre: Hola, (se acerca a La madre y le da un beso) Me he retrasado porque ha habido un atasco en la autovía, un accidente debido al hielo, sin grandes consecuencias ¿Y Susana? ¿Ha llegado?
La madre: Sí, se está arreglando para la cena. (lanza una mirada de complicidad a Luis)
ESCENA V
Entra Susana, se sienta en el sofá. La madre le mira y hace un gesto de disgusto.
Susana: (distante) Hola papá.
El padre: Hola ¿cómo ha ido el trabajo?
Susana: (distante) Como todos los días, ni más ni menos.
El padre: (ignora el tono de la respuesta de Susana) Traigo champán francés. (deja la botella sobre la mesa) Me lo ha regalado un cliente. Está frío y me gustaría que brindáramos antes de cenar. Estamos todos juntos y esto hay que celebrarlo.
Susana: (distante) ¿Crees de verdad que estamos todos?
El padre: Tienes razón, hija, tal vez no estemos todos, pero se puede remediar ¿no crees? Ve a buscar a Bogar. Que entre en casa esta noche.
Susana se levanta de un salto.- La madre se sienta en el sofá con la boca abierta.
La Madre: (aparte)No me lo puedo creer (se lleva mano al corazón y se sienta en el sofá.
Susana: Pero papá...
Luis: (sorprendido y aparte) ¡Esto promete!
Susana: (Se abraza a su padre) Gracias, gracias...
Luis: Y que no salga de esta casa ni esta noche ni ninguna.
Se oye llorar a Susana que sigue abrazada su padre.
Baja el telón
-- FIN --
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MJGuallart