16 febrero 2016

EL INTÉRPRETE

Dedicado a:

Ernesto  por sus “códigos”
Jesús  por su “intérprete”.

Esperaba una llamada telefónica. Sólo una, pero no cualquiera. En realidad deseaba “la llamada”, aquella en la que desde el otro lado de la línea alguien me dijera que mi perfil correspondía a sus intereses, en concreto a los de la AISIA (Agencia Internacional de Simbología para la  Investigación Antropológica) y que podía pasar por las oficinas para firmar el contrato. Me encontraba en paro después de bastantes años de trabajo en la universidad, más bien en una empresa subcontratada por la Universidad para el estudio de un yacimiento celtíbero en Los Cerros de Bámbola. Ahora llevo casi un año sin trabajar. Fui a la calle con la correspondiente indemnización y un paro aceptable. Me consumía ver pasar los días y que no me saliera ningún trabajo. Hice la entrevista para la AISIA antes de las navidades y aún no sabía nada. Dijeron que me darían una respuesta con el resultado que fuera.
A mediados de enero seguía sin aquella llamada, se acercaba el fin de semana, deseaba salir, ir de copas con los amigos y olvidarme de todo. Recorrimos varios establecimientos en los que bebí combinados de ginebra y ron; me encontré con otros amigos que hacía días no veía. Les lloré mi situación laboral. Les vomité toda mi ansiedad.
A la mañana siguiente me desperté sobre el mediodía sin saber donde estaba, ni siquiera cómo había llegado. Había dormido en el sofá. Me dolía la cabeza y el costado izquierdo como si se me clavara algo. Metí la mano y saqué el móvil, lo dejé en el suelo. Me volví a dormir. Hasta las cinco de la tarde no estuve en condiciones de tomar una ducha. Cuando me incorporé para ir al cuarto de baño el móvil emitió el sonido de recepción de mensaje. No hizo falta abrir el buzón, se abrió solo con un extraño mensaje y de origen desconocido:  'código “7””=”=4”.5=408p5#==+w#'.
Como no  estaba para complicaciones mentales lo dejé sobre la mesita de salón y me fui a la ducha. Al salir seguía el móvil mostrando aquel mensaje, ni siquiera se había apagado la luz de la pantalla. A ese paso me iba a quedar sin batería. Me lo llevé a la cocina para prepararme un bocadillo de chorizo picante que me había traído mi madre de León.
Lo único claro era la palabra “código”. Debía interpretar que era un código que debía descifrar. Entre bocado y bocado  y el picante del chorizo esparcido por mi boca me iba despejando. Di valores, despejé algunas de operaciones que estaban incluidas en la secuencia. A las letras les apliqué el valor numérico que ocupan dentro del abecedario. El resultado fue 56 y la síntesis  fue ésta: Código 7=20=56 . Apliqué la reducción teosófica de nuevo. Código 7—2—11. 
Interpreté que el código era 7 y se revelaba a partir 2 y 11; dos y once son iguales porque uno más uno son dos y el número once tiene valor por sí mismo en la numerología y en el Tarot. Me pregunté a dónde me llevaba todo aquello.  No tenía sentido.
Me tomé el tiempo necesario para saborear y terminar el bocadillo acompañado de un vino de garnacha. Después puse la cafetera.  Tenía la taza entre las manos sintiendo el calor del café a través de la loza, disfrutaba del aroma que llenaba la cocina. Me sentía más despejado. Comprendí que aquél código habría de llevarme a Susana. Di un suspiro profundo porque todos mis asuntos terminan siempre por llevarme a Susana. De todas mis novias y amigas de la universidad, es con la única que mantengo una relación de amistad. No porque sea mi primera novia ni nada de eso, sino porque ella sabe llevar su vida, no se entromete en la de los demás y siempre se puede contar con ella en cualquier momento y para lo que sea. El único defecto es que es demasiado seria, a todo le da una solemnidad excesiva, como si la vida estuviera hecha para no reírse.
            Hice una copia de todo el desarrollo de la interpretación de aquel supuesto código y se lo envié por correo electrónico, tras lo cual le avisé por Whatsapp. Veintitrés minutos más tarde me telefoneaba.
— Parece un mensaje encriptado —dijo Susana—. Ella era Ingeniera Informática. Nunca me había aclarado en qué consistía su trabajo ni cuál era su empresa. Siempre se refería a ella como la plataforma. Yo tengo poca relación con la informática, lo mío es la arqueología y estoy acostumbrado a imágenes, caligrafías, símbolos, piedras y demás elementos de más de dos cientos años.
— De momento es un número oculto —dije— y esto ya es raro porque desde hace tiempo que no se pueden enviar  llamadas ni mensajes de origen oculto. Recuerda que prohibieron esa opción hace tiempo.
— Escucha —me interrumpió, momento que aproveché para coger la libreta de la compra que estaba sobre el microondas— las comillas marcan valores o acciones, el signo más es una operación, el signo igual es un resultado. El mensaje no parece que sea  para jaquear el móvil, más bien parece un intérprete.
— ¿Intérprete? —pregunté mientras terminaba de tomar notas de lo que acababa de decir.
— Sí, un intermediario entre el lenguaje de la máquina y el lenguaje de programación. Existen programas muy pequeños con las mínimas líneas de código. Podría ser una línea de un código fuente de programación.
—Vale, no entiendo nada ¿la almohadilla qué es?
—La almohadilla suele ser un signo que utilizan las compañías telefónicas para ...
—Recuerdo que hace años —le interrumpí porque me estaba poniendo nervioso su seriedad— cuando existían las cabinas telefónicas que si marcabas una secuencia utilizando este signo se podía llamar gratis. —Quería romper la solemnidad con la hablaba. Quise contener la risa pero no pude. A ella no le gustó.
—¿No te parece que ahora no sirve puesto que ya no hay cabinas?
—Ha sido para ver si estabas atenta, —le dije riéndome— eres tan profesional siempre. Ella se puso aún más seria y elevó más el nivel de su voz.
—Puede ser un juego, una lista de pistas: unas llevan a otras y cuando se resuelve la última prueba, una organización de supe listos contacta contigo para que te unas a ellos porque has pasado todas y estas listo para ser reclutado como miembro.
—O puede que sea una abuela novata jugando con el whatsapp de su nieto por primera vez—. Me arrepentí nada más contestarle. Era lo único de ella que me exasperaba, su seguridad, su racionalidad, su dos mas dos son cuatro.
—De acuerdo, como quieras —dijo— yo te he dado mi opinión que es lo que tu me has pedido. Espero que te sirva y si no pasa nada. Besos.
Colgó sin darme tiempo siquiera a disculparme ni a darle las gracias. Ella era así.
Los días siguientes a la conversación con Susana los pasé dando vueltas a lo que me había dicho. Lo único concreto de aquel rompecabezas, pues eso se había convertido, eran los números 7, 2 y 11.
Consulté a una echadora de cartas. Me dijo que aquellos números correspondían a los Arcanos Mayores del Tarot: El Carro, La Papisa y La Fuerza.
—Hablan —dijo— del inicio de una nueva etapa (por un viaje o por un trabajo, en pareja o no), donde habría de superar una serie de pruebas las cuales superaría con éxito y llegaría a una etapa estable y llena de proyectos.
Estaría en la consulta de la tarotista no más de media hora. El incienso que había quemado me resultaba demasiado fuerte y me cargaba la cabeza. Deseaba salir enseguida, tomar el aire para madurar la explicación recibida. Dejé un billete sobre la mesa, la voluntad, como ella me había dicho cuando le pregunte qué le debía y me dirigí hacia la salida, pero ella me pidió que esperara.
—Hay otra alternativa en la interpretación de estas cartas. En realidad son los propios números 2, 7 y 11. Me sugieren una fecha: el 7 de febrero de 2011. ¿Le dice a usted algo?
—No, en absoluto. No tengo nada previsto para ese día.
—En ese caso esté atento.
Unos días más tarde me disculpé con Susana, le dí las gracias por el interés que se había tomado y también quería ser sincero con ella, quería contarle lo de la echadora de cartas. A ella no le extrañó que hubiera ido, parecía más bien que lo aprobara. Le dije que considerando sus explicaciones y las de la echadora de cartas no me quedaba otra que esperar que alguien me llamara  día el 7 de febrero de 2011. Ella no dijo ni si ni no, ni bien ni mal, ni nada, pero sentía que lo aprobaba y no entendía el porqué.
Nos despedimos como si tal cosa. Continué con mis pocos quehaceres, atento a las señales. Llegó el lunes 7 de febrero. Nada, no hubo nada, no pasó nada de nada.
Decepcionado me olvidé de aquel asunto.
Me puse a enviar currículos, leer la prensa, buscar ofertas de trabajo en Internet y leer, sobre todo leer, y así pasaron los días. Me esforzaba por mirar hacia adelante, por pensar que algún día encontraría trabajo, que todo cambiaría.
El 28 de febrero, víspera de mi cumpleaños recibí la llamada de un número que no tenía registrado. Estuve a punto de no contestar porque tenía todo el aspecto de ser de alguna compañía telefónica para ofrecerte sus productos, pero respondí.
Al finalizar la conversación el corazón me iba a cien por hora, la habitación daba vueltas a mi alrededor. No podía creerlo y sin embargo era verdad ¡La AISIA, eran los de AISIA! Debía estar al día siguiente a las once veintitrés en la segunda planta del número cuatro de la plaza El Justicia.
Unos minutos antes de la hora convenida estaba yo en una sala de trabajo de la segunda planta de la dirección que me habían dado. En el centro de la habitación una mesa larga  rodeada de sillas de madera, salvo en los extremos que estaban presididos por dos sillones también en madera labrada. En dos de las paredes había muebles que contenían libros de mapas.  En un extremo de la mesa, una carpeta de piel negra. Yo esperaba a alguien que iba a venir enseguida, según me dijo la persona que me había abierto la puerta.
No pasarían más de cinco minutos cuando la puerta se abrió. Me levanté para saludar, casi mi mano adelantada para ofrecérsela a quien entrara, pero la sorpresa que recibí me volvió a sentar en la misma silla.
Era la primera vez que la veía reir. Si Susana, era Susana. Todo me llevaba a Susana. Ella se acercó y nos dimos un par de besos, nada convencional en una firma de contrato pero sí dada nuestra relación.
—¡Tú!
—Sí, yo ¿sorprendido?
—Claro. Pero... ¿por qué? Esto... quiero decir … ¿En La AISIA?
—Sí. Cállate anda. Las respuestas te irán llegado no te preocupes. Antes de firmar el contrato quiero que sepas algo para que tengas las cosas claras. La AISIA corresponde a las siglas Agencia Internacional de Simbología para la Investigación Antropológica. La palabra clave aquí es investigación y sus objetivos son el descubrimiento de contrabando, fraudes, delitos, mafias relacionadas con las obras de arte y piezas arqueológicas tanto en museos, como en salas de exposiciones y en yacimientos arqueológicos.
—Ah yo creía que esto era otra cosa, no se, tal vez no sirva yo para esto. Soy más bien profesor, trabajador, lo mío es sacar a la luz obras histórico-artísticas, limpiarlas, datarlas, estudiarlas, catalogarlas, esas cosas.
— Vamos a ver, vas a salir de dudas enseguida.— desde luego tenía ante mí a una Susana diferente, sonreía, hablaba mas distendida— ¿Si tuvieras que investigar la desaparición de algunos de estos sillones cómo los describirías?
— Se trata de un mobiliario hecho con madera de caoba, en un estilo que combina el rococó francés, el arte chino y el gótico. Los elementos de ornamentación tales como lazos, hojas, rosas, conchas,  los pájaros y las volutas proceden del francés, las pagodas del chino y  las columnas del gótico. Este estilo es conocido con el nombre de Chippendale, se desarrolló en el Siglo XVIII y su creador ...
—Está bien, está bien —me interrumpió— ¿Lo ves?
— ¿El qué?
—Tu capacidad de observación, tus conocimientos, tu formación, tu tesón para encontrar soluciones.
— De acuerdo —desvió la mirada hacia el suelo, con cierto rubor en las mejillas.
— ¿Seguro?
—Sí.
Susana sacó unos documentos de la carpeta que había sobre la mesa.
—Entonces adelante. Bienvenido a esta plataforma. Este es el contrato. Tienes que firmar en todas las hojas debajo de la fecha. Empiezas mañana a las ocho en la planta quinta, allí te espera tu personal. A las ocho cuarenta y cinco tenemos que estar todos en la sala de reuniones donde se nos asignarán tareas nuevas y hablaremos de las que están en marcha.
La voz de Susana se fue quedando en la lejanía cuando estampé mi primera rúbrica. El documento estaba fechado el 7 de febrero de 2011.

—— FIN——

por
Maria José Guallart
12 de agosto de 2015
Código de registro: 1602166597852




 

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