08 mayo 2013

EL ENCARGO DE DOÑA AGATHA


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Seguía malhumorado cuando se puso el mandil y descorrió la lona. Aquella mañana de febrero, abría el puesto del mercado catorce minutos más tarde por culpa del paquistaní del almacén de productos de la India. Le había entretenido demasiado. Era la primera vez en diez años que se retrasaba. Doña Agatha esperaba.
— Buenos días, señora, disculpe el retraso.
—Buenos días James, ¿tienes mi encargo? —preguntó forzando la sonrisa bajo el sombrero de fieltro gris marengo.
—Sí, por eso me he retrasado. Siento que haya tenido que esperar.
—No importa.
—Ahora le doy los cuatro paquetes. James se agachó para cogerlos del interior de un saco de papel, en el suelo junto a sus pies.
—¿Cuatro?
—Sí, no podía comprar menos cantidad.
—No necesito tanto, sin con un puñado me basta. Quiero saber si esas judías vienen partidas o no.
—No sé si van enteras o partidas, ni para qué las quiere, señora, lo que sé es que el mayorista me ha permitido comprar cuatro paquetes de kilo, cuando tendrían que haber sido diez.
—Anda dame uno.
—Aquí tiene los cuatro paquetes de judías mungo, recién importadas de la India. Son suyos. Nadie de mi clientela pide este género. Lo siento.
Agatha cogió un paquete, lo rasgó por la parte superior y vertió unos granos en la palma de su mano izquierda, a la vez que el tendero le decía el importe.
—A dos libras el paquete, ocho en total.
Pero ella no le escuchaba, tenía la vista fija en los granos que se desplazaban por la palma de la mano impulsados por el balanceo de los dedos.
—Están enteras... —pensó en voz alta— por eso... —bajó la voz— Archival no dejará entrar en la cocina a Emily... y.. ella... tendrá que buscar en el cubo de la basura... y... entonces... sabrá que...—levantó la voz— ¡ya lo tengo!
—Adiós James —dijo dando media vuelta— gracias, te lo pago otro día, no puedo entretenerme.
—Las judías, doña Ágata, se las olvida.
—Quédatelas, a mí no me gustan, —contestó sin girar la cabeza mientras se dirigía hacia la salida por el pasillo central.
James la llamó —¡doña Agatha!— pero ella desapareció entre la gente que llenaba el mercado.
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