08 mayo 2013

ALAS DE LEÓN


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Antes de que me cubrieran la cabeza con la capucha de los ahorcados vi por última vez como mi góndola, aún amarrada, bailaba al son de las aguas de la bahía. Pedí al mar que si había otra vida pudiera vengar la muerte de mi pobre Lauretta.
Han transcurrido muchos carnavales desde entonces y ahora me encuentro en el mismo lugar donde me colgaron, bajo la mirada de los leones alados. La góndola sigue en el mismo lugar y desprende una luz diferente a la de aquella noche, la última de carnaval y la última como hombre libre y honrado
La ví venir hacia mí, con la cabeza caída hacia atrás, las manos sobre el vientre y una gran mancha de sangre en las sayas. Entre los dedos, la empuñadura de un cuchillo. En un susurro ella pronunció el nombre de Ofelia. Tendida en el fondo de mi pequeña embarcación se apagó su aliento. Permanecí abrazado a ella hasta que el embarcadero se llenó de gente y llegó la guardia seguida de una mujer que a gritos me acusaba. Cuando mi nombre invadió la bahía busqué a la persona que gritaba y me encontré con los ojos de Ofelia llenos de fuego. En su boca, una media sonrisa, la misma de sus amenazas.
El tiempo ha pasado como si todo hubiera ocurrido en un solo momento y esta noche, también última de carnaval, será el fin de este vagar sin descanso. He visto a Ofelia en la calle que lleva a lo que fue mi casa. Encorvada, gris, las manos rojas de sangre fresca. Repetía mi nombre una y otra vez y su media sonrisa se ha helado al comenzar a desintegrarse si poder alcanzarme. Las piernas, el torso, los brazos y el horror de su rostro han desaparecido, hasta la letanía de posesión que recitaba como una autómata.
Nunca fuí suyo, ni la quise; ni le di motivos, por eso odiaba a Lauretta, su hermana pequeña. Un tornado verde oscuro ha engullido los pocos restos que quedaban de ella y un cuchillo brillante, con mi nombre grabado, ha aparecido en el suelo, poco antes de pasar dos turistas, con máscara, camiseta de rayas y pantalón oscuro. Se lo han llevado. Mejor. No lo necesito.
Entre las columnas que sostienen los leones alados veo mi góndola de alerce, larga y estrecha, asimétrica, con el remo en la fórcola. Se mece en el agua sin ningún amarre y una luz que no identifico la ilumina. La brisa me mueve por encima de las baldosas hasta dejarme sentado en el interior, junto a mi querida Lauretta. Su melena negra se extiende más abajo de los hombros y le cubre el pecho. Flotan en el aire mechones sueltos, algunos se deslizan por sus mejillas. Sonríe y me ofrece su mano.
La góndola comienza a moverse hacia el centro de la bahía. Volvemos la vista a atrás.
Un león alado maneja el remo.
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