01 noviembre 2012

MIÉRCOLES DE PRIMAVERA

Eran las diecisiete cuarenta y tres de un miércoles de primavera, cuando un Chevrolet color champán de siete plazas, dejaba Burgos y se adentraba en la Autovía de Castilla. A esa misma hora, Adolfo se ajustaba el nudo de la corbata en la habitación de un hotel, en el centro de Palencia. No se sentía cómodo vestido con traje, pensaba que era demasiado convencional. La exposición comenzaba a las ocho de la tarde en “Las Aguadas”, un bar restaurante donde habían pasado artistas incluso antes de serlo. El dueño era amigo de Aurora y había conseguido que sus alumnos mas creativos tuvieran una oportunidad en aquel local.
El lunes anterior, Aurora le había dicho que no asistiría a la exposición porque no podía cerrar el estudio antes de las nueve. Era razonable. Bastante había hecho ayudándolo a preparar su primera exposición pero que ninguno de su grupo de taller pudiera ir le dolía un poco: Pepa tenía cita con el tutor de su hijo y no podía cambiarla porque el chico había hecho pirola; Jimy que estaba en el paro, tenía una entrevista de trabajo. Ester se iba de vacaciones. En realidad de la menos esperaba que fuera, era la típica persona que va a lo suyo. Andrés preparaba el acceso a la Escuela de Artes y era a la semana siguiente. Y Maite la única jubilada, no iba porque no le gustaba viajar sola. En definitiva se habían puesto las cosas de tal manera que iba a estar solo.
En el espejo se observó de un lado, luego del otro. Arrugaba la nariz y se miraba con las manos dentro los bolsillos, fuera de los bolsillos, la americana abrochada, sin abrochar; la mano derecha metida en un bolsillo, la izquierda suelta como si caminara para entrar en el espejo, quería imaginarse como lo verían los demás.
¡Tonterías! —dijo en voz alta. Se quitó el traje y lo lanzó sobre la cama. En ropa interior se fue al baño, extendió un poco de gomina en las manos, la aplicó sobre el pelo, que aún estaba húmedo de la ducha, y con los dedos se peinó hacia atrás. A continuación se aplicó por el cuello y el pecho un poco de agua fresca de Paco Rabanne. Volvió a la habitación y se puso un pantalón y una camisa de lino negro. Se colgó al cuello un fular blanco sin anudar. Volvió a mirarse en el espejo y sonrió.
—Ahora sí.
Miró el reloj. Faltaba escasamente una hora y se sentía a gusto con su indumentaria, aunque inquieto. Sonó el móvil cuando iba a colgar la americana en una percha. Le temblaban ligeramente las manos. Tiro la ropa sobre la cama y cogió el móvil.
¡Hola Aurora!
Hola. Te llamaba para ... —no le dejó terminar
Para decirme que has venido.
...que me acuerdo de ti, que todos nos acordamos.
Gracias mujer, yo también me acuerdo de vosotros. Me has cogido a punto de salir de la habitación —Sujetó el móvil entre la cabeza y el hombro derecho. Con la mano izquierda se colgó al cruzado la bandolera.— Al final me he puesto el pantalón y la camisa de lino ¿te parece bien?
Qué bien que me hayas hecho caso. Oye los demás quieren hablar contigo, te los paso. Besos.
Espera ¿qué ruido ese?
¡Ah, eso! la puerta de la calle está abierta porque han traído el material que pedí la semana pasada.
Anda pásamelos. Un beso.
Uno a uno le dijeron que se acordaban de él, que felicidades; que qué pena no poder ir, que ojalá vendiera todos los cuadros. Al terminar guardó el móvil en la bandolera y comprobó que llevaba la cartera, el cuaderno de notas, el tabaco y el mechero. Salió de la habitación y en recepción dejó la llave.

El chevrolet seguía su curso.
Circulaba respetando los límites de velocidad, pero a veces superaba los ciento cuarenta kilómetros a la hora para ganar tiempo. Atrás quedaba el desvío de Magaz de Pisuerga y entraba en Palencia.

Adolfo salió a la calle de Los Gatos y respiraba como quien va a un examen final. Miró el reloj dos veces seguidas. Al principio iba de prisa. Después cuando tomó la primera bocacalle a la derecha, aminoró el paso. Echaba de menos a su profesora, la que tanto le había enseñado, la que debía estar allí y disfrutar con él. Desde que decidió no quedarse en casa cuando le dieron la incapacidad, ella le enseñó a pintar con la mano izquierda y a sacar partido de la mínima movilidad del brazo derecho. Gracias a ella tenía su primera exposición. El dueño de Las Aguadas era un pintor de cierto renombre que vivió en Burgos hasta los diecisiete años. Le había preparado para entrar en la Escuela de Artes de Palencia. El chico era mal estudiante pero endiabladamente bueno con el dibujo. Fue el primero de su promoción y al terminar los estudios, le propusieron trabajar en la propia escuela. Mas adelante abrió un bar-restaurante. Siempre de ocho a doce para cenar. En la zona restaurante exponía sus propias obras y en la zona del bar las de los pintores noveles.Caminaba cada vez mas despacio. Miraba los comercios, como si quisiera comprobar que aún se mantenían aquellos en los que había estado de pequeño con su madre. Algunos aún estaban, pero otros habían sido sustituidos por agencias bancarias o franquicias. O simplemente tenían la persiana echada luciendo los graffitis de un tal Urke. Una tienda de telefonía le recordó la llamada de sus amigos. Apretó los labios al pensar cuánto le había gustado hablar con ellos. Todos se habían puesto al teléfono, hasta Ester.―“¿Ester? ―pensó― Si se iba de vacaciones a Bruselas es imprevisible va a su bola lo mismo dice una cosa que dice otra me pone nervioso; y Jimy su entrevista de trabajo seguro que le han dicho que no da el perfil, siempre le pasa lo mismo, tiene tan mala suerte. Anda que Maite también... que no le gusta viajar sola pues aquí hubiéramos estado los dos juntos pero se pone nerviosa cuando esta a solas conmigo lo noto desde que le insinué quedar los dos. Me gusta y creo yo a ella también, ... ”Sumido en estos pensamientos llegó a la bifurcación donde nacía la calle Árbol del Paraíso casi sin darse cuenta. Miraba al suelo como si contara las baldosas. Cruzó al otro lado de la calle sin ver que el semáforo estaba en rojo y a punto estuvo de que le roazara un chevrolet color champan.
Adolfo entró en “Las Aguadas”. Sintió un calambre en el estómago cuando vio sus treinta y dos acuarelas colgadas a lo largo del bar. Se dirigió hasta el final de la barra donde estaba el dueño. Se dieron la mano y un camarero le preguntó qué quería tomar.
—Una caña, por favor.
—Aun queda un ratito —comentó el dueño mirando el reloj de pared que había junto a la cafetera. —Ya han entrado algunas personas aal comedor para cenar, y esas de ahí delante han estado mirando tus cuadros, a juzgar por su expresión parece que les gustan.
—A ver qué pasa, es la primera vez que...
—En cuanto esto se llene de gente se te pasarán los nervios. Lo digo por experiencia. Mira, ahí tienes tu cerveza.
Se bebió mas de media copa de un trago. El dueño volvió a mirar el reloj de la pared y a continuación dirigió una mirada al camarero levantando las cejas. Este le respondió con un imperceptible gesto de afirmación.
—Tengo que ir a la cocina para ver como van los canapés del picoteo. Si quieres de paso te acompaño para que veas mis obras. —No le dio opción a elegir. Le puso la mano sobre el hombro y lo condujo al comedor. Cerró la puerta que comunicaba con el bar.
Mientras, entraron en el bar cuatro chicos con aspecto de estudiantes, una pareja de novios, dos señoras que desprendían olor a laca de peluquería y un grupo de siete personas de distinta edad. Una de ellas se dirigió al camarero y éste señaló la puerta cerrada del comedor y marcó un número en el móvil. Lo dejó sonar tres veces y colgó. El grupo de siete se acercó a la puerta y entre risas y miradas de complicidad, prepararon sus cámaras.
Al poco se abrió la puerta y apareció Adolfo. Los flashes de las cámaras lo paralizaron. Abrió la boca para decir algo y no consiguió pronunciar una sola palabra. Sus ojos se arrasaron. Los veía y no los veía y al cabo de unos segundos se lanzó hacia ellos con los brazos abiertos.
—¡Aurora! —se abrazaron
—Cómo no íbamos a venir. Lo que pasa es que había cosas que no estaban seguras. Por eso no te dijimos nada. Hemos querido darte una sorpresa
—Sin vergüenzas. Qué alegría y que mal lo estaba pasando.
— Casi te atropellamos en la calle. Ni te has dado ni cuenta.
***
Coque Guallart
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01-nov-2012 19:09 UTC

11 agosto 2012

ME GUSTA LEER


 ME GUSTA LEER.

Y me gusta gracias a dos momentos importantes de mi vida:

El primero, cuando tenía 6 o 7 años. Un día fui con mis padres a casa de unos amigos suyos para visitar a la hija que estaba enferma. Tenía mi edad. La encontré en la cama con un libro en las manos y me leyó un poema. Era “A Margarita Debayle”  de Ruben Darío (1867-1916)
 ¡Que bonito!: palacio de diamantes, manto de tisu, tienda hecha de día, rebaño de elefantes... Pero lo que resonó en mí cabeza fue el kiosko de malaquita. Yo no sabía entonces qué era la malaquita y cuando vi una por primera vez (que fue unos cuantos años después) la reconocí como mi piedra favorita, porque era verde, mi color favorito.
¡Gracias Nines!

Mis padres no me compraron el libro de poemas de Ruben Darío,  debieron pensaron que yo era muy pequeña para eso, pero la maestra que me enseñó a leer y escribir la copio a máquina y me la regaló. Y la leí un motón de veces.
¡Gracias doña Esperanza!

Aunque el poema resulta algo almibarado, incluso cursi en algunas estrofas, tiene imágenes sumamente fantásticas. La siguiente estrofa las contiene casi todas y es la mas bonita. 

Esto era un rey que tenía
un palacio de diamantes,
una tienda hecha de día
y un rebaño de elefantes,
un kiosko de malaquita,
un gran manto de tisú,
y una gentil princesita,
tan bonita,
Margarita,
tan bonita, como tú.          


  • Una tienda hecha de día.- ¿Cómo puede ser una tienda hecha de día? ¿Esta hecha durante el día? ¿esta hecha de luz? ¿de qué color es la luz? ¿es transparente? No tengo respuestas pero me sigue fascinando.

  • Rebaño de elefantes.- ¿Un rebaño de elefantes si van en manada?. ¿Quien es el pastor? ¿Y qué perro puede ser capaz de conducirlos?

  • Y el Kiosko de malaquita. Recuerdo que no me hacía una imagen mental de este kiosco y nunca había visto una malaquita, pero la imaginaba como una joya en el espacio, sin paisaje ni nada.

El segundo momento importante, fue en el verano de mis once años. Yo estaba en la cama a causa de una meningitis y me entretenía oyendo las canciones de la radio. Eran eran los sesenta. Las cantaba leyendo ls laetras en cancioneros que se compraban en el kiosko. Una tarde vino un primo mío a visitarme y me trajo “Las Aventuras de los Cinco” de Enid Blyton. Me encantaron, sobre todo “Los cinco Se Escapan” y “El Cerro de los Contrabandistas”. Con el tiempo tuve un perro que era parecido al de las ilustraciones. Así descubrí el placer de la lectura.
¡Gracias Carlos!

Desde entonces siempre he tenido un libro en las manos. He leído todas noches de mi vida hasta que mi reloj biológico me convirtió en alondra. Leo las tardes y algunas noches.
No hay mejor placer que cuando sopla el viento frío o llueve, tumbarme en la cama o en el sofá para leer, ya sean las seis o las siete de la tarde. Si llueve, el sonido del agua en la ventana es la mejor música para acompañar la historia que tenga entre manos.
Coque Guallart@agosto2012


A MARGARITA DEBAYLE 
Ruben Darío

Margarita está linda la mar,
y el viento,
lleva esencia sutil de azahar;
yo siento
en el alma una alondra cantar;
tu acento:
Margarita, te voy a contar
un cuento:

Esto era un rey que tenía
un palacio de diamantes,
una tienda hecha de día
y un rebaño de elefantes,
un kiosko de malaquita,
un gran manto de tisú,
y una gentil princesita,
tan bonita,
Margarita,
tan bonita, como tú.

Una tarde, la princesa
vio una estrella aparecer;
la princesa era traviesa
y la quiso ir a coger.

La quería para hacerla
decorar un prendedor,
con un verso y una perla
y una pluma y una flor.

Las princesas primorosas
se parecen mucho a ti:
cortan lirios, cortan rosas,
cortan astros. Son así.

Pues se fue la niña bella,
bajo el cielo y sobre el mar,
a cortar la blanca estrella
que la hacía suspirar.

Y siguió camino arriba,
por la luna y más allá;
más lo malo es que ella iba
sin permiso de papá.

Cuando estuvo ya de vuelta
de los parques del Señor,
se miraba toda envuelta
en un dulce resplandor.

Y el rey dijo: «¿Qué te has hecho?
te he buscado y no te hallé;
y ¿qué tienes en el pecho
que encendido se te ve?».

La princesa no mentía.
Y así, dijo la verdad:
«Fui a cortar la estrella mía
a la azul inmensidad».

Y el rey clama: «¿No te he dicho
que el azul no hay que cortar?.
¡Qué locura!, ¡Qué capricho!...
El Señor se va a enojar».

Y ella dice: «No hubo intento;
yo me fui no sé por qué.
Por las olas por el viento
fui a la estrella y la corté».

Y el papá dice enojado:
«Un castigo has de tener:
vuelve al cielo y lo robado
vas ahora a devolver».

La princesa se entristece
por su dulce flor de luz,
cuando entonces aparece
sonriendo el Buen Jesús.

Y así dice: «En mis campiñas
esa rosa le ofrecí;
son mis flores de las niñas
que al soñar piensan en mí».

Viste el rey pompas brillantes,
y luego hace desfilar
cuatrocientos elefantes
a la orilla de la mar.

La princesita está bella,
pues ya tiene el prendedor
en que lucen, con la estrella,
verso, perla, pluma y flor.

* * *

Margarita, está linda la mar,
y el viento
lleva esencia sutil de azahar:
tu aliento.

Ya que lejos de mí vas a estar,
guarda, niña, un gentil pensamiento
al que un día te quiso contar
un cuento.



12 junio 2012

¿QUIÉN IBA A IMAGINAR?




Entré en el recinto de la Feria del Libro de Madrid un sábado de calor sofocante cuando mi reloj marcaba las once y once minutos de la mañana. Ante mí, dos hileras de casetas que parecían no tener fin. A la altura de la 330 ¡y me me dirigía a la número 45! oí nombrar por megafonía a  los autores que iban a firmar su libros ese día: Alvaro Pombo, Punset, Ruiz Zafon, Millas, mas autores... y nuestros nombres ¡Nuestros nombres! !Se me puso la carne de gallina!


Hace dos años, el 11 de enero de 2010, comencé un taller de escritura por intenert.. En el curso estaban Ernesto, Raquel, Miguel, Berta, Cristina y Dominique. Fue un mes intenso de trabajos, comentarios y correos. Berna, nuestra profesora, tuvo que emplearse a fondo para estar al día de todos los comentarios. Surgió la química.
El curso llegó a su fin y nos organizamos para seguir en contacto y trabajar juntos. Cada mes uno habría de proponer un tema y el resto haría un relato que enviaría al grupo para ser comentado. Mas adelante se incorporo Bárbara, nuestra octava compañera y segunda canaria del grupo.
Así estuvimos unos meses hasta que decidimos conocernos personalmente y nada mejor que viajar a Madrid. Allí  surgió la idea de hacer un libro con nuestros trabajos. 
Ninguno imaginó entonces que durante el 2 y 3 de junio de 2012 íbamos a estar firmando en esa misma ciudad y en la Feria del Libro.
Firmamos, sí, pero también nos abrazamos, besamos, emocionamos, reímos, lloramos, hablamos, nos fotografiamos y trabajamos. 


Hicimos un par “cadáveres exquisitos” y presentamos el In Crescendo en los Diablos Azules, donde, igualmente emocionados, fuimos subiendo al escenario uno a uno. Primero Jorge, el editor, después Berna, nuestra profesora y prologuista, y a continuación cada uno de nosotros, donde contamos nuestra historia y nuestra forma de trabajar. Leímos una pequeña parte de nuestro libro a un pequeño público entregado y rodeado de autores.


A las catorce horas del domingo llegó el momento de decir adiós. En las dos horas siguientes saldrían nuestros aviones-trenes-coches rumbo a Canarias, Galicia, Asturias, Aragón y Cataluña.


De nuevo emoción, risas y abrazos.Era solo una despedida física, porque regresábamos al cuarto de estar virtual del que no habíamos salido desde ese 11 de enero de 2010, donde nos habíamos oído, leído, comentado, discutido, reconciliado, votado y desahogado.

Llegué a casa y me sentí extraña. Necesitaba posar todo lo vivido. A partir de ahora continuaremos en la red, escribiendo, como siempre y nos veremos en Las Palmas, Valls, A Coruña, Gijón, Zaragoza, Castellón...
¡Comienza la gira!
Maria Jose Guallart@Junio 2012

27 mayo 2012